Para quien han pasado casi treinta años desde que ocupó por última vez el pupitre de una secundaria pública, hoy resulta inquietante la relación entre maestros y alumnos. Es muy difícil saber cuál es el grado de identificación entre unos y otros. La autoridad institucional, preclaro enemigo de mi generación, en todo momento parece mostrar como al desgaire su jerarquía. La ortopedia social sigue presente en las instalaciones sombrías y con toda la pinta de correccional o fábrica. Pero algo no va bien en la formación de individuos dóciles y útiles toda vez que en mayor número determinan los censos nacionales de población en prisiones y de desempleo. ¿Podría ser esto una prueba de la bipolaridad del sistema educativo?
Percibo una ausencia de transgresión reactiva que ponga a prueba la condescendencia de los profesores. Los estudiantes se ven más cerebrales que espontáneos, parecen indefensos, aniñados y en una navegación con banderas desplegadas por un mundo virtual de cultura pop, pero su desinterés silencioso por el aprendizaje me habla claramente de una rebeldía soterrada. La indulgencia se ha constituido como norma general en esa secundaria de barrio proletario. Experimento una sensación similar cuando presencio un partido de futbol donde ambos equipos juegan al empate. No hay furia cocinándose a fuego lento ni rivalidades declaradas, mucho menos espíritu de competencia así sea entre compañeros de equipo para ganarse el puesto. Este ambiente disperso me hace creer que los estudiantes intuyen el sinsentido de cualquier batalla, a no ser a golpes a la salida de clases por el amor de una Julieta o un Romeo ocasional. De otro modo es mejor hacerse a un lado.
Adquirir conocimientos con métodos tan poco novedosos como oír una clase en lo que se llena de apuntes un cuaderno, no parece muy estimulante para una generación habituada al control remoto y sus imágenes trepidantes. Un conocimiento muerto en pesadas mochilas al hombro joroba la postura de sus cargadores.
Durante mi época de estudiante en este mismo plantel, los maestros enseñaban bajo normas rígidas y convicciones categóricas a favor del saber y el esfuerzo que en el mejor de los casos a unos nos hacía sacar la casta y las mañas y a otros, la mayoría siento decirlo, sólo desear el final del turno. Me parece que nadie puede sentirse estimulado a aprender si no subyace dentro de uno la desazón de sentirse amenazado por el futuro.
La ausencia de emoción y curiosidad en las aulas, creo que tiene más que ver con un saber instintivo de que fuera de los muros de la escuela, se necesita mucho más que la frialdad ceremoniosa de los datos, las efemérides, las cifras y una calificación aprobatoria. Al preguntar al azar a varios alumnos si les gustaba ir a la escuela, todos respondían que sí. ¿Por qué? Porque aprendo mucho y tengo buenos maestros. Sin embargo, esta respuesta autocomplaciente contenía en la mirada, los gestos y las postura corporal la misma ambigüedad de quien le da lo mismo tirar un zarpazo que correr a la madriguera.
El beneficio a futuro de la enseñanza es una leyenda edificante que uno aprende a valorar desde casa. La mayoría de los jóvenes aún creen que la educación puede ser el elemento más importante en su escalada social e influyente en sus oportunidades de éxito en la vida. Los maestros insisten en ello y estos muchachos que me rodean, cautos y suspicaces, parecen decididos a respetar tales convicciones aunque no crean mucho en ellas. Tal estrategia surte mejores dividendos que la oposición abierta. Ellos saben que de un modo u otro ya son protagonistas de un mercado global de consumo: sexo, crimen, guerra y producción de tecnología y cultura chatarra. ¿Quién se atrevería a decirles que están equivocados en un país donde es materia obligatoria vivir bajo la ley del mínimo esfuerzo?