jueves, agosto 30, 2007


Camaradería y alcohol son hermanos siameses. Siempre andan pegados.
Jack London
Memorias alcohólicas

miércoles, agosto 29, 2007

Dimensiones alteradas (publicado en la revista Dia Siete 362)

Me han preguntado mi opinión sobre una encuesta
reciente entre casi una centena de escritores
sobre las novelas mexicanas más importantes de los
últimos treinta años. Me he sentido incapaz de responder
pese a que la revista convocante me había invitado
a participar. Finalmente el cuestionario no llegó a mi
domicilio lo cual evitó que me metiera en un lío, pues
mis puntos de vista sobre cualquier cosa no están guiados
por un canon o consenso. Esto me ha enseñado a
correr riesgos y a aprender de mis errores. No he leído
la mayoría de las novelas enlistadas y las que sí, no
están entre mis preferidas. La razón es simple: por inclasificables
y silenciosos, mis “tutores literarios”, unos
cuantos, están en la periferia de cualquier ranking.
Especular sobre ello distorsiona las dimensiones
de mi proceso e impide identificar mi esencia. De
pronto, pareciera que la literatura es un inventario
adaptable a las modas y valoraciones de los especialistas.
Para mí es un demonio con miles de disyuntivas
para saltar al vacío.
Me preguntaría cuántas de las novelas publicadas
en México en las últimas décadas provocan un entusiasmo
a contracorriente de la estridencia de los tiempos,
que aclare por qué escribir o leer tendría que ser
un imperativo moral en un país que se desenvuelve
entre angustias, conflictos y necesidades ordinarias
con registros emocionales casi metafísicos. No dudo de
la valía de estas obras, pero por alguna razón transitan
de un modo u otro en un territorio de incertidumbre,
entre el azar y lo aleatorio.
No sé qué tanto ayuda a sobrellevar lo que vivimos
saturados de información y sondeos que no profundizan
en los hechos escuetos y prefieren embadurnarnos
con datos insustanciales y opiniones reciclables que
compiten contra el rumor y el chismerío. En determinado
momento, los esfuerzos por sobreponerse a la
insensatez, el olvido y la destrucción no cuestionan lo
que está detrás de su origen. Ante esto, las novelas que
valdría la pena leer tienen poco campo de acción, su
esencia transgresora y reflexiva les impide correr a la
par de lo inmediato.
Aunque parezca contradictorio, creer en lo que
hago me mantiene alerta. En el tablero junto a mi
escritorio se acumulan proyectos literarios urdidos bajo
desilusiones y extravíos.
La desintegración y la invisibilidad amenazan las
iniciativas individuales. Al parecer hay lecturas y espacios
ineludibles para todos. Quizá todo esto forme
parte de una abstracción obsesiva que exige validar
nuestra identidad a través de consensos. •

Periodismo de morbo y frivolidad (publicado en la revista Generacion no. 69, 2007)


Una versión resumida de este texto formó parte de la curaduría del Encuentro de Revistas Independientes organizado por el Centro Cultural España en la ciudad de México durante el mes de junio de 2007.

Periodismo de morbo y frivolidad

Casi a la par del surgimiento, transformación y caída de algunas revistas alternativas a finales de la década de los ochenta, comencé el largo camino para convertirme en escritor. No resultará difícil entender por qué encontré en ellas un espacio natural a mi propósito. Hablo de 1989 y yo era alguien sin grandes expectativas a futuro. Sigo siendo un poco de ese modo, reconozco mi esencia y la valoro. Es a lo que llamo madurar a la deriva.
Iré un poco más atrás en el tiempo confiando en los fusibles que aún funcionan en mi cerebro. A principios de 1980 emergieron casi de la nada publicaciones de bajo tiraje y distribución limitada que al paso del tiempo se volverían míticas: La regla rota y Las Horas extras, entre las que recuerdo. A finales de la década, Moho y Generación. Sus propuestas irreverentes y heterogéneas cuestionaban la medianía y elitismo de los periódicos y revistas culturales. A mi manera de ver, partían de un principio de demolición de los valores y juicios imperantes. Iban a tono con la caída del muro de Berlín y sus implicaciones. Desde diferentes perspectivas de crítica, inconformismo, desenfado y provocación, proponían un acercamiento profundo a las nuevas generaciones de pensadores, artistas y escritores a nivel global, incluyendo México. Sus impulsores insistían en la diferencia y carácter autoral de sus publicaciones.
En aquellos años Delia M. aún era vocalista de Ruido Blanco, una efímera banda de punk, y por las tardes conducía un programa de rock de vanguardia en radio UNAM del cual yo era fiel escucha. Poco después, Delia coordinó en el museo del Chopo un taller de apreciación y periodismo musical al que asistí para hacerme su amigo. Nos fascinaba el crimen y la medicina forense y especulábamos con hacer un periodiquito que explorara lo impredecible, singular, despreciable y defectuoso. El esposo de Delia era un patólogo con un hilarante y despiadado sentido del humor que influyó en el perfil del proyecto en ciernes. El “doctor” se convertiría en uno de nuestros colaboradores mas leídos.
Al iniciar la década de los noventa, el resquebrajamiento del sistema político mexicano acicatea las pretensiones alternativas y radicales de estos proyectos. Algunos lograron transformarse como en el caso de La regla rota en la Pusmoderna, o sobrevivir a los tiempos como Moho y Generación, y dieron pie a otras revistas de corta permanencia pero que finalmente dejarían referencias ineludibles.
Pero no fue sino hasta 1992 que conocí a Mauricio Bares a través de Víctor del Real, editor de revistas hoy míticas: Dos filos, Las horas Extras y el Gallito Cómic. La idea de publicar un tabloide se concretó luego de que yo presentara a Delia con Bares. Comenzamos a darle forma al proyecto convocando amigos que pese a su desilusión ante el futuro, resistían a través de las artes y las letras, a una realidad desmadrada. Devoradores, voluptuosos, incontrolables, sólo así podría definir a la mayoría de ellos, que curiosamente, no tenían aspiraciones de convertirse en famosos; ellos aportaron intensidad desbocada al proyecto: René Velásquez, Naomi Simmons, Víctor Rivera, Héctor Ballesteros, Héctor “el Chinasky” Rodríguez, Antonio García “El rey del sanwich”, Alfonso René Gutierrez y el “doctor” Jaime Zarzoza entre muchos otros que se integraron a las frecuentes bacanales del consejo editorial.
Así surgió en 1993 A sangre Fría, un tabloide de “morbo y frivolidad” que congregó a mucho del terrorismo literario de principios de los noventa. Otros colaboradores como Rogelio Villarreal y Guillermo Fadanelli ya tenían sus propias revistas (mencionadas más arriba) y un prestigio en el “underground” que poco a poco se extendía a los feudos periodísticos y literarios. De manera intuitiva pretendíamos tal y como lo proclamaban los Situacionistas (que poco o nada conocíamos de sus postulados) “llevar la violencia de los delincuentes al plano de las ideas”. Recupero algunas de las invectivas en el editorial del primer número:
La única certeza es la especulación,
Nuestra morbosidad es tan válida como la curiosidad científica,
Lo escatológico no es un recurso, es un fin en sí mismo,
Los primeros días los rigen los astros, los últimos, tú escoges el arma,
Nuestra información es tan dudosa como cualquier otra,
Los mexicanos no somos místicos, estamos malnutridos, hambrientos,
Tolerancia: actitud del déspota cuando está de buenas

La nota roja, el morbo y la frivolidad nos abrían la posibilidad de burlarnos y confrontar el monopolio cultural de los medios impresos y la televisión, ambos igual de acartonados, sectarios, intolerantes y patriarcales.
Textos e imágenes proponían una estética de lo prosaico y lo ordinario mostrando una realidad sin estereotipos o que desenmascaraban. Todo se valía mientras prevaleciera el descaro y la irresponsabilidad creativa. Nada de ficción tradicional, ensayos pedestres, ni poemas exaltados, que para eso estaban los suplementos culturales. La idea era escarbar en la entraña misma del mal gusto popular, en todo lo que convirtiera lo inocuo en estridente. Un periodismo sin hipócritas diferencias entre secciones. Puro “amarillismo de fondo” como bien definió al tabloide Rogelio Villarreal, en el contenido de noticias y reseñas breves, recicladas o inventadas; fotonovelas y crónicas frescas desde la subjetividad absoluta. Las fotografías, muchas de ellas anónimas, plagiadas, montadas o extraídas de álbumes familiares, como aquellas de la sección “Amigos de A Sangre Fría”, di en llamarlas “arte lombrosiano”; llevaban como pie la premisa entrelineada de que nada es lo que parece y todo merece una carcajada. La referencia inmediata a esta gustada sección era la historieta de culto sesentera “Hermelinda linda” y su club de fans, al que pertenecía uno de mis hermanos mayores.
El mayor desparpajo posible siguiendo sobre todo el ejemplo de Truman Capote, a quien homenajeaba el título del tabloide. Sin falsas pretensiones, puedo asegurar que con tan sólo cuatro números A Sangre Fría anticipó el boom del reality show y propició un giro al sensacionalismo mediático en México. Oooooorale! La propuesta fue plagiada por oportunistas de toda laya tanto en los medios impresos como electrónicos. En su momento, pasquines como Biombo Negro, y hasta hoy algunos periodistas siguen exprimiendo la fórmula en sus espacios semanales.
Han pasado catorce años desde que publicamos el número cero. Tengo algunos libros de los que puedo sentirme satisfecho pese a estar convencido de que todo se ha ido a la mierda y que haberme convertido en escritor no me da garantías de nada. No creo en la fama ni en la posteridad. Pero reconozco y me alegran los logros de algunos amigos escritores, editores y artistas, siempre inconformes, arriesgados y dispuestos a defender a muerte su individualismo furioso. Sé que de pronto se hacen la misma pregunta que yo: “¿a esto se resume todo?”; nos sentimos de un modo u otro demolidos, hartos de nuestras vidas y de aquello que se suele llamar “éxito” y que no es mas que resultado de una dura lucha, casi siempre contra el autoengaño. A todos nos desquicia el aburrimiento a fin de cuentas.
Mi actitud se alimenta de sarcasmo y desilusión. Vivo con una continua necesidad de escapar del presente a través de los excesos. En mí prevalece una fuerte conciencia de lo que significan mis orígenes de clase trabajadora y su fatalismo sinsentido. Me cuido de quienes culpan a todo mundo menos a ellos mismos de su fracaso personal. Colgados del resentimiento, siempre les es más fácil mirar la paja en el ojo ajeno sin atreverse a saltar al vacío. Están muy pendientes del resbalón del vecino.
Pero en todos estos años he tenido momentos felices. Entre ellos, uno inolvidable, cuando editaba A Sangre Fría. Escribiendo he logrado invocar a mi propia cordura. Como diría Ralph Ellison, busco la aceptación bajo mis propias condiciones pues no tengo método ni mapa de ruta, de otro modo negaría el aprendizaje de los tiempos duros, sobre todo cuando me miro al espejo y observo esas grietas a las que se suele llamar señales de “madurez”.