lunes, octubre 08, 2007

Adelanto de novela publicada por Mondadori en 2007


Un comando de diez milicianos me detuvo mientras caminaba distraído jaloneando de la correa a mi mascota. El líder traía puesto un cubrebocas quirúrgico, nos miró burlón al extenderme un rifle automático.
–Vente con nosotros.
Sin titubear, me negué moviendo la cabeza con gesto amigable. Afiancé en mi mano libre el envoltorio con filetes mientras trataba de controlar al cachorro.
–¿Cómo que no? –repeló desafiante el líder y a una seña su cuadrilla se me echó encima. Recibí un cachazo de pistola en la sien que alcancé a amortiguar con el paquete antes de caer al suelo. El perrito ladró asustado, tirando de la correa.
–Tranquilos… dénme chance… no sé disparar –dije con un suspiro de voz quebrantada.
–Pus aprenda, culerooo, ¿o qué, le da miedo?
Asentí temeroso. Me retaba un odio adictivo inhalado de la estopa con solvente tras el cubrebocas. El líder tendría cualquier edad entre los trece y los veinte años, era muy alto y raquítico, pero lleno de vitalidad encubierta en la mirada inexpresiva. Me apuntaba con el rifle. Al igual que los otros tenía el torso desnudo, lleno de tatuajes mal hechos y cicatrices de cirugía y de bala; el cráneo a rape y costroso estaba manchado de tintura de yodo. Sus rostros eran un recetario de ferocidad despiadada desde la infancia.
Nos identificaba el convencimiento de que no había salidas. Éramos millones, pobres e invisibles. Pero los Dingos no tenían miedo de morir. Eran los violentos herederos de la migración rural, de las barriadas miserables que después de cada derrumbe por terremotos o aguaceros habían ido levantando fronteras entre la vida y la muerte. Desde casi cualquier punto de la Ciudad el anfiteatro de cerros y montañas invadidos por casuchas desmentían la supuesta belleza de los amaneceres.
Cuando el líder lo azuzó en el hocico con la punta de su bota militar, el cachorro comenzó a gruñir y soltó un mordisco. Un Dingo en bermudas de playa se adelantó con un machete empuñado a dos manos y cercenó al animal de un tajo limpio. El filo terminó su trayectoria en el pavimento y sacó chispas. Convulsionándose, el cuerpecillo dio unos pasos torpes antes de caer de panza con las patas abiertas. Su verdugo pateó la cabeza al arroyo vehicular y chocando palmas con uno de sus mayores regresó a su posición detrás del jefe.
Otro miliciano, chaparro y de dientes podridos, me apuntaba en medio de los ojos con una pistola automática. Encogido contra una pared, me limpié del rostro la sangre salpicada. El tiempo se detuvo para que le pidiera mi última voluntad. Con la vista nublada y palpitaciones oí que entre carcajadas el líder ordenaba bajar las armas. La jauría se alejó trotando en busca de combate. A gritos e insultos los Dingos se daban ánimos. Sólo querían divertirse. Por eso me habían perdonado la vida. Esperé un poco antes de levantarme. Agarraba el envoltorio de carne como si fuera el cuello de un Dingo. Maldiciendo, lo arrojé al cadáver descabezado.
Traté de evitar que el terror, más que los golpes, me inmovilizaran. Reaccioné corriendo como loco y dejé atrás mirones azorados o compadecidos que seguían mi escapada. No paré hasta estar seguro de que me había alejado del peligro. Encontré una farmacia. Entre el desorden del saqueo busqué inútilmente gasas y alcohol. Me desahogué derribando un anaquel. Hasta entonces me di cuenta que no sangraba por ningún lado y que los golpes apenas me dolían. De pronto sentí mareos y escalofríos. Sofocado, emprendí nuevamente la huida. El hospital más cercano estaba a unas veinte calles.

Llegué al hospital con una insoportable punzada en la cabeza. Crucé la reja del estacionamiento y caminé de prisa hasta unos andadores rodeados de macetones de concreto. La entrada principal estaba del otro lado y había que dar toda la vuelta por la calle. Tomé un atajo por el jardín esquivando enfermos y heridos en sillas de ruedas o que se cubrían con mantas echados en el pasto sobre cartones.
El edificio apestaba a orines y cañería. Llamó mi atención la ausencia de médicos y enfermeras. La poca gente de pie con la que me cruzaba, tan andrajosa y decaída como yo, silenciosa e indiferente, parecía enferma crónica, como si sólo vagara esperando el último suspiro. Afuera del hospital se oían gritos, detonaciones y el tañido de campanas.
En medio del vestíbulo enorme y ventilado de la planta baja se exhibían en vitrinas frascos con fetos, adefesios, tumores y órganos partidos en dos. El tufillo a desinfectante me recordó dónde estaba. Un hombre rapado de mediana edad, tras sus gruesos lentes de aumento miraba embobado unos siameses unidos por la cabeza. Vestía un suéter abierto y lamparoso, camiseta blanca, pantalón de obrero y pantuflas.
–Disculpe, dónde puedo encontrar un doctor.
–No, así no se deben conservar los fetos porque se ponen amarillos.
El tipo hablaba con un sonsonete de imbécil sin despegar la vista de la vitrina, pero algo me decía que estaba al tanto de mi presencia.
–Le estoy hablando.
Volteó. Tras los anteojos había unas canicas negras, vivarachas e intermitentes por el parpadeo.
–Les inyectaron una sobredosis de antibióticos y formaldehído. Vaya usté a saber con qué intención.
Decidí ignorarlo. Al alejarme dijo socarrón:
–Con esos modos nadie lo va a atender. Pero no importa, no hay quién.
Hice un cruce de manga para mentarle la madre y salí rumbo a un andador arbolado que conducía a otro edificio con rampa para vehículos. En la recepción de urgencias había camillas rodantes con heridos, algunos de ellos, mutilados, sostenían sus miembros con vendajes empapados en sangre. Todos gemían con los rostros contraídos por el dolor, aguantando el grito, como si los hubieran regañado por escandalosos. El apeste a vómito, sangre y sudor me revolvió las tripas. Recordé mi niñez y a mi madre.
Miré a todas partes buscando ayuda y tras el mostrador de la recepción me topé con un viejo encorvado y amarillento que movía su bracito famélico señalando a un punto cualquiera. Balbuceó algo a punto de desfallecer. Desesperado, busqué las escaleras para recorrer el nosocomio. En el primer piso intenté abrir los cuartos y un quirófano pero estaban cerrados con llave.
–¡Con una chingada, auxilio! –grité en medio de un corredor oscuro y vacío. Subí otra planta y de una puerta al final del corredor apareció una enfermera tosca y ventruda que arrastraba sus pasos hacia mí decidida a ignorarme, pero cuando la tuve cerca la jalé del brazo.
–Carajo, ¿qué no se ha dado cuenta que hay heridos graves allá abajo? ¿Dónde están los doctores?
–Y eso a usted qué le importa. ¿Qué busca?
–Tengo un golpe muy fuerte en la cabeza, me atacaron los Dingos.
–¿Quiénes? Hum. A ver.
Me incliné de lado separando el pelo con las manos para mostrarle el chichón.
–No tiene nada serio, con razón anda de compadecido. Se hubiera puesto hielo. En ese cubículo al fondo quedan ansiolíticos. Es todo lo que puedo ofrecerle. Se toma nada más uno porque son muy fuertes y se recuesta un rato. Si quiere ahí mismo y lo inyecto, pero las jeringas están usadas.
–Chingue a su madre, vieja inútil.
Me dirigí a donde me indicó. Abrí un gaveta metálica y hurgando en las cajas de medicamentos encontré una tira de pastillas. Tragué dos y me guardé el resto sin saber para qué servían. El garrafón de agua en un rincón estaba vacío. Me tendí sobre un diván. Exhausto y mareado por la dosis, me sentí peor que cuando esperaba mi ajusticiamiento por los Dingos.