viernes, abril 25, 2008

Publicado en El Ángel de Reforma, 23 de marzo de 2008

(imagen: archivo SSP del DF)




Rojo Loreal

México 2006, año de elecciones presidenciales. Durante un sexenio el país experimenta un periodo de desquiciamiento progresivo. La corrupción, la delincuencia y el crimen organizado lo convulsionan y la capital parece su epicentro: una ola de homicidios de ancianas se presta para toda clase de conjeturas y exhibe la desconfianza ciudadana en las autoridades judiciales.
La noche del martes 17 de enero en Perú 77, en el corazón del Centro Histórico de la ciudad de México, la función de lucha libre en la Arena Coliseo es una irresistible oportunidad de sacudirse la presión de la debacle social. Místico, Pierroth, Arcángel, el Loco Max, Olímpico, el Negro Casas y el Tarzán Boy libran otra batalla entre el bien y el mal, técnicos contra rudos. A todas luces el espectáculo permite distinguir los bandos y resulta más entretenido que las vendettas entre narcos y las de los partidos políticos previas a las elecciones del seis de julio.
Los encabezados de los principales diarios de la ciudad dieron otra muestra del turbulento escenario. El procurador general de la República, Daniel Cabeza de Vaca en su comparecencia en la Cámara de Diputados, afirma que Arturo Montiel Rojas no está "exonerado" de posibles delitos federales de carácter fiscal o financieros, luego de que la Procuraduría General de Justicia del Estado de México determinara no fincarle responsabilidades por enriquecimiento ilícito.
Por separado, el gobernador del estado de México, Enrique Peña Nieto, se dice "satisfecho" por las conclusiones de la procuraduría y la contraloría estatal sobre el caso Montiel Rojas.
Ese mismo 17 de enero, el presidente de la Comisión Nacional de Derechos Humanos, José Luis Soberanes Fernández, critica la ineficacia e incapacidad de las autoridades para enfrentar el problema de la inseguridad pública en el país, pues “sigue siendo un compromiso inconcluso" del gobierno foxista que condena a la frustración a por lo menos una de cada cinco de las víctimas de delitos cometidos. El ombudsman presenta un detallado informe al procurador general de la República donde expone que a pesar de que en los últimos 11 años el presupuesto para atender la seguridad pública en el país aumentó casi 50 veces, la inseguridad se hizo más grave. Soberanes da a conocer que entre 2002 y los primeros ocho meses de 2005 se cometieron en promedio 11 mil 770 delitos diarios, pero que 67 por ciento de ellos no fueron denunciados. Lo peor es la escalofriante cifra negra en ese mismo lapso: las estadísticas oficiales reportan 5 millones 185 mil 533 delitos denunciados ante el Ministerio Público, sin embargo los no reportados son más de 10 millones 528 mil. De acuerdo con el INEGI, entre 1980 y 2000, el número de presuntos delincuentes del fuero común aumentó un 123 por ciento, mientras que la población sólo lo hizo en 50 puntos porcentuales. Al mismo tiempo el número de delincuentes que infligen lesiones a sus víctimas creció en 70 por ciento.
Para contribuir al desconcierto de la población, la Secretaría de Seguridad Pública del Distrito Federal en su página de internet, exhibe la fotografía de Elizabeth Coca Padilla, de 28 años de edad, quien haciendo honor a su apellido, en cuatro meses fue detenida en tres ocasiones en posesión de 26 grapas de cocaina. Pese a que Coca Padilla es reincidente, ha sido puesta en libertad por el Ministerio Público Federal.
La lucha infructuosa contra el crimen organizado, la propagación incontenible del ambulantaje en la capital del país (se calculan alrededor de 90 mil puestos callejeros tan solo en el Centro Histórico) y la impunidad son noticias de todos los días. Ante tal escenario la rabia y la frustración encuentran válvulas de escape bajo la aparente pasividad y embotamiento generalizados.

Quizá por ello la multitud en la Arena Coliseo ese martes 17 de enero no se percató de que parada delante de su butaca de la primera fila, una luchadora aficionada de cuarenta y siete años mantenía viva la ilusión de convertirse en ídolo. De haberla reconocido, el público habría exigido que la despojaran de la “máscara”, la habría abucheado y quizá hasta linchado por rudeza innecesaria contra sus por lo menos dieciseis adversarias en los últimos seis años. Aquello no hubiera sido nada extraordinario en una ciudad donde impera la ley del talión.
A no ser por la corpulencia y estatura hombrunas de la villana, sus rasgos faciales, peinado y tinte de cabello rojo “Loreal”, son comunes a cierta clase de mujer de extracción popular reconocible en las calles de la ciudad de México. El tinte había sido popularizado por una de las estrellas juveniles de la telenovela “Rebelde”. El peinado corto y discreto que identifica a las monjas, enfermeras y meseras de cadena de rastaurantes, podría entenderse como la manifestación de una sexualidad reprimida o frustrada, a veces por motivos laborales.
De chamarra roja y pantalón de mezclilla, la mujer acompañada por un sujeto de identidad anónima hasta hoy, apoyaba eufórica a los rudos. Leopoldo Díaz de León, reportero de Fuerza Informativa Azteca aprovechó un intermedio para acercarse.
–Señora, permítanos un minutito, es una entrevista para la televisión –solicitó mirándola hacia arriba.
–Sí, como no.
El camarógrafo alistó el equipo para iniciar la grabación entre el inmediato amontonamiento de curiosos. Warholiana intuitiva, la masa siempre estará al acecho de la efímera celebridad mediática.
–¿Cómo se llama, señora? –preguntó el reportero alzando el micrófono a la boca de la entrevistada de estatura descomunal.
–Yo soy Juana Barraza Samperio.
–¿Cuánto tiempo tiene viniendo a las luchas?
–Bueno, viniendo tengo aproximadamente diez años, pero aparte de eso me dedico a la lucha libre.
Pensó que era una buena oportunidad de autopromocionarse. Mirando alternadamente al ring y al graderío respondía desinhibida y feliz por haber llamado la atención de la cámara. Era el primer paso a la fama. Fantaseó su próxima entrevista luego de derrotar a Martha Villalobos o a alguna otra luchadora consagrada del bando de los técnicos.
–Ah, perfecto –continuó sonriente el reportero, que como la mayoría de los capitalinos, no había puesto atención al retrato hablado que la Procuraduría de Justicia del Distrito Federal difundido desde septiembre de 2005 en los medios de comunicación, en las ventanas de las patrullas de las policías judicial y preventiva, en algunos centros de trabajo y dependencias de gobierno. De cualquier modo, los mil carteles tenían el mismo error en la filiación del “sospechoso”. Se solicitaba mediante recompensa, la participación ciudadana para dar informes sobre un presunto homicida de ancianas.
–Explíquenos nada más –insistió el enviado –:¿Cuál lucha es mejor, la mexicana o la de Estados Unidos?
–Pues… para mí, la mexicana –respondió convencida pese a que sus emociones se dividían por aparecer en televisión y el pronto inicio de la siguiente lucha.
–¿Por qué?
–Porque hay reglas y en Estados Unidos, no. En Estados Unidos son muy extremos.
–Pero la lucha de Estados Unidos como que mete más gente, ¿por qué será?
Ante la insistencia, Barraza fue más elocuente:
–Por lo mismo de que como son más extremos, tonces mete más gente, porque les gusta las acciones duras. Y allá muchas veces, pues, no se miden las consecuencias y lo que es aquí en México, sí. Sí salimos lastimados y todo eso, pero a cierta… distancia.
–¿Ruda o técnica?
–Ruda de corazón.
–¿Y dónde es más ruda, aquí o en casa?
La villana rió maliciosa, como quien está a punto de confesar una íntima debilidad de carácter.
–Ah, pues en los dos lados.
–¿A quién apoya?
–En la casa, a los hijos.
–¿Y aquí?
–Aquí, pos… a los rudos y al pretendiente.
En cadena nacional el noticiero de TV Azteca mostraba otro ejemplo de la esencia desparpajada y noble del pueblo, de sus gustos ligados a una creencia sobrenatural en el bien y el mal. Una mujer madura, sencilla y hogareña que al igual que millones de televidentes, se sobreponía al acoso de la pobreza y la falta de empleo divirtiéndose sanamente acompañada de su pareja. El anunciador de la arena comenzaba a presentar la siguiente tanda de contendientes y las porras y abucheos apremiaban al reportero:
–Aficionada de hueso colorado –gritó, afirmando.
–Sí, de corazón.
–¿Quién es el hombre que más jala a las mujeres?
–Pues… Tony Rivera y Místico.
–Muchas Gracias.
–De nada.
Como fondo, rayos de luz multicolores y la energía paroxística del griterío enalteciendo a los gladiadores. Una descarga de adrenalina recorrió la sangre de Juana Barraza. Sudaba a chorros. Eran ella y sus circunstancias conectadas eficazmente con su yo oculto y el histrionismo indispensable en la lucha libre y sobre todo, para camuflar su identidad proscrita. Sus disfraces funcionaban, se dijo excitada. Tenía por costumbre cortarse el pelo y teñirlo cada quince días. Semanas atrás se dirigió a la estética “Daniell´s”, en Izcalli, municipio de Ixtapaluca, en el estado de México. Era de noche y el local estaba cerrado, pero Barraza tocó insistentemente a la puerta pues también era el domicilio de Irma González, estilista conocida suya, quien accedió a atenderla. Barraza lucía el pelo chino y teñido de negro. Pidió que se lo dejaran lacio y rojo, como más le gustaba usarlo. Su pretendiente la había presionado: “como lo traes ahora te ves más ruca”. Según la estilista, su clienta justificó la prisa diciendo que debía cambiar de apariencia otra vez para que no la reconocieran en la lucha libre.
Mirando al cuadrilátero, la villana anónima se quedó pensativa. Valía mucho más que las tres caguamas por las que su madre la cambió con un hombre a los trece años. Valía mucho más que cualquiera de los presentes, ninguno era capaz de aparecer en público y burlar a la policía que desesperada perseguía el rastro de un presunto multihomicida andrógino. Hasta ahora “el doble mecanismo de la muerte” le permitía actuar. Así definió a la inmovilización y posterior muerte de la víctima el médico legista francés Paul Brouardel a finales del siglo XIX.
¿Cuántas veces en su vida le habían dado las gracias por hablar de sí misma? Se sintió redimida, poderosa. Impune. Era un fugaz momento de gloria. Opinando sobre su afición y preferencias proyectó su doble personalidad y pulsiones en esos enfrentamientos contra ancianas indefensas donde ella, Juana Barraza Samperio, “La Dama del Silencio”, dejaba un rastro misterioso de estridencia depredadora.

15 razones para odiar al gobierno


Versión íntegra del artículo publicado en la revista Día Siete no. 400,abril 2008 (imagen tomada por el autor desde la ventana de su domicilio)

A partir de una iniciativa propia, el presidente de Francia, Nicolás Zarkozy, dio a conocer recientemente un informe con 300 ideas para mejorar su país, una de las democracias más avanzadas y prósperas del mundo, con amplia participación ciudadana en lo que concierne a su bienestar.
En México una propuesta parecida sonaría a una insultante perogrullada. Con la reputación de nuestros gobernantes, todo haría creer que pretenden lo contrario.
El PRI moldeó la idiosincrasia del país, sus usos y costumbres y generó una clase política mediocre, mezquina e inescrupulosa, que impide hasta hoy aspirar a una verdadera democracia. Bastan quince razones de las muchas más existentes, para justificar mi odio al gobierno, esa entelequia viciada por setenta años de un solo partido en el poder.

1. Si la democracia es un logro de la madurez política, tendríamos que aceptar que los mexicanos votamos en abrumadora mayoría por el desmadre. De los males, el que sea. En las elecciones presidenciales del 2006 anulé mi voto porque ningún gobierno ha conseguido hacer de este país un lugar menos injusto, violento e inseguro. Y eso que hay petróleo y recursos naturales en abundancia. Si alguien cree que es cuestión de tiempo para que todo cambie, más le vale creer en la reencarnación.

2. Las violaciones constantes a los derechos humanos dañan seriamente al país. Pero el gobierno trata de convencernos de que es un asunto sin importancia. Respaldó a Ulises Ruiz, quien jamás aceptó ante Irene Khan, secretaria general de Amnistía Internacional, que durante el conflicto con la APPO en 2006, los derechos de la gente hubieran sido violentados. Lo ocurrido en Oaxaca se repite en todo el país, de un modo u otro, porque la misión de la policía y del ministerio público es defender al poderoso.

3. Vivir dentro de la legalidad es engorroso y caro. El “hágale como quiera”, “el que no tranza no avanza”, “la palanca” (eufemísticamente llamada “tráfico de influencias”) para obtener un empleo, hacer negocios o evitar el vía crucis burocrático hasta para pagar una multa, son parte de un antiguo evangelio predicado por el gobierno y sus apóstoles. “Voy a hacerle una oferta que no podrá rechazar”, esta frase de “El Padrino” Vito Corleone, queda como anillo al dedo a la doble moral del mexicano que se queja de la corrupción mientras paga mordida para evitar una multa por estacionarse en doble fila.

4. El gobierno impide planificar nuestro futuro. El salario mínimo es insultante aun para la autoestima más baja, que alimenta un sentido del honor inaplicable a gobernantes y legisladores. Tendría que aparecerse una especie de deidad y decirnos claramente a qué se puede aspirar en este país y qué, de plano, es parte de un destino inexorable.

5. El gobierno nunca reacciona a tiempo y evade su responsabilidad ante los siniestros o desastres naturales. Nunca está a la altura de los desafíos. La prevención no es lo suyo. Recordemos el huracán que inundó Tabasco. Poco importa la indignación general, cuando el gobierno toma cartas en el asunto, ya salió a flote la corrupción y discrecionalidad con la que maneja los fondos para ayuda y reconstrucción. ¿Alguien sabe en qué se utilizan? y ¿por qué año tras año se repiten las mismas tragedias? El calentamiento global es la coartada de moda.

6. El gobierno ha degradado el ideal de democracia. La ha transformado a nuestras espaldas, en reducto de privilegiados que sólo se benefician entre ellos. ¿Habrá un solo diputado que merezca su sueldo exorbitante? Los gobernantes nos endosan la responsabilidad de la crisis económica y social, aunque sean ellos los que ejercen el poder, sus lujos, sus privilegios y sus recursos; el presupuesto nacional. Palo dado ni dios lo quita, dice la sabiduría popular.

7. El gobierno se ha llenado de sujetos con un ego insoportable. Las revistas frívolas llenan sus páginas con presidentes, secretarios de estado, senadores y diputados que nos abren “la intimidad” de sus mansiones. Ya nadie esconde su opulencia. Ahí está el rancho de los Fox. Nuestras legisladoras no se quedan atrás posando semidesnudas en publicaciones para caballeros o actuando en películas que parecen homenajear al cine de ficheras. A ver con qué cara apoyan la ley contra “miradas lascivas”.

8. Ningún gobierno reconoce la voluntad de los votantes en este país. La exigencia de orden y regulaciones sensatas para la sana convivencia ciudadana no está en la agenda nacional. Bajo cualquier pretexto, algunos cientos de manifestantes bloquean calles y avenidas y con toda clase de garantías, la policía los ayuda a desquiciar la actividad de miles de personas extendiendo el cerco con vallas, escudos y retenes. El chiste es decir no a todo. Nadie protege al ciudadano pacífico que a diario lucha por conseguir o mantener un trabajo. Marchas y plantones colapsan la actividad diaria en todo el país. Vivo sobre la avenida Bucareli, a tan sólo unos pasos de la Secretaría de Gobernación. Durante 12 días de marzo una horda de maestros oaxaqueños instaló un campamento sobre esta vía de intenso tráfico vehicular. Las calles adyacentes a la oficina de Juan Camilo Mouriño fueron protegidas por un cerco de vallas y retenes policiacos que paralizó la actividad en unas diez manzanas. Los habitantes de la zona experimentamos la desquiciante sensación de impotencia y falta de garantías individuales. Es parte de una realidad absurda que hace más evidente el vacío de autoridad.

9. Nuestro derecho a la civilidad choca con el deterioro selectivo de los espacios públicos. La tarde del pasado nueve de marzo en la plaza de la Ciudadela, un estudiante de la vocacional 5 recibió un balazo en la pierna al tratar de impedir que otro joven le robara su celular. Esto ocurrió a menos de cien metros de uno de los retenes instalados con vallas por la Policía Federal Preventiva. A dos calles de ahí, compactas hordas de ingobernables clamaban su existencia a gritos desafiantes o pachangueros a los que seguían bostezos de resignación. Por todas partes asomaban semblantes que amenazan convertirse en mayoría obesa obstinada en desmentir que somos un pueblo hambreado. Mientras tanto, bien pertrechado en su oficina de Bucareli, Mouriño se la pasa como el chinito, “nomás milando”, los ataques e impugnaciones en su contra que le lanzan los simpatizantes del presidente “legítimo” de un país que precisamente carece de legitimidad de su clase política.

10. Sólo falta que el gobierno reglamente el ruido y las arbitrariedades para incrementar su recaudación de impuestos. Si fuéramos realmente los fieros custodios de nuestro patrimonio entonces no estaría el país absolutamente devastado. No lo digo solamente por la destrucción del territorio y la privatización de los sitios históricos, sino por el envilecimiento de las relaciones humanas.

11. El gobierno ha hecho de la escandalosa impunidad su mejor aliado político. El pacto social se sostiene de desfachatez y catastrofismo. La administración de justicia es una vacilada. Recordemos que sólo dos de cada 100 delitos denunciados terminan en una consignación. No vayamos más lejos, la Suprema Corte de Justicia le dio a Puebla una nueva denominación de origen al coñac. Ya es inevitable identificar la bebida con la marca “Gober precioso”, destilada por Mario Marín y sus exonerados catadores.

12. El gobierno fomenta la usura. Así es en todo. Pagamos tarifas, impuestos y réditos de primer mundo por servicios de tercera. No conozco un solo caso de alguien que le haya ganado un reclamo a Telmex, a la Compañía de Luz o a alguna de las instituciones bancarias que jinetean nuestro dinero. Los trámites y “aclaraciones” en las oficinas de cualquiera de estas empresas exaspera e indigna. Como consuelo nos ofrecen televisores encendidos para que la larga e infructuosa espera en la fila sea más entretenida. Televisa y TV Azteca como escarmiento.

13. Un programa de salud de corte policiaco y legisladores que se inspiran en la ley Volstead, la de la Prohibición norteamericana de los años veinte, ejemplifican las incongruencias del gobierno. La guerra santa contra el narcotráfico ha vuelto al simple consumidor de sustancias ilícitas un delincuente casi tan peligroso como un Zeta. La cruzada extendida hacia los fumadores, ya amenaza a los bebedores. La obesidad, un problema de salud tan grave o más que los otros, no es medida con la misma vara. Las refresqueras y demás fabricantes de alimentos chatarra son intocables. Imagínense si en los lugares públicos se les prohibiera la entrada a los gordos, se les asignaran zonas restringidas, o se les cobrara tarifa doble en los transportes, cines y eventos masivos. El buen juez por su casa empieza pero los funcionarios de gobierno y los legisladores de todos los partidos, ni de chiste se pondrían a dieta. Ellos están para imponérsela al pueblo, sobre todo en los salarios. Faltaba más.

14. Si no es la Secretaría de Educación Pública y el belicoso sindicato de maestros liderado por Elba Esther Gordillo, debe ser el calentamiento global el causante del lamentable nivel educativo general. México quedó en último lugar en una prueba reciente de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo (OCDE), que evalúa la capacidad de alumnos de 15 años en treinta países para pensar científicamente e innovar. Y eso que la organización no se ha asomado a cualquier establecimiento comercial del país para ver como los dependientes usan calculadora para sumar o restar diferencias en centavos.

15. Implantar un estado de derecho es básico, pero también lo es no mentir sobre algo tan doloroso como es la incertidumbre en que sobrevive la mayoría de la población. No bastan las pretensiones de legalidad, tampoco las mentiras y parches con que el gobierno tapa sus complicidades. Una cosa es el lastre del sistema priísta y otra muy distinta solapar dinastías colgadas de los recursos del Estado y de la inoperancia de la Justicia. Ahí está el ejemplo reciente de la familia Sahagún Bribiesca.
El odio contra el gobierno es un hilo de Ariadna que desmadeja intrigas, pifias y escándalos de la clase política. Su parsimonia e ineptitud superan cualquier predicción. El pueblo “bueno” (y el malo, supongo) resiste toda clase de sacrificios, incluidos el chambismo y el delito. Bien dicen que lo vergonzoso no es robar, sino que lo cachen a uno.