sábado, mayo 23, 2009

Tiempo de Literatura Mexicali 2009



(fotografías de Bibiana Camacho)

Encuentros

Un encuentro de cualquier tipo supone una aventura interminable que genera conflictos emocionales cargados de adrenalina. Significa trabajo duro con uno mismo para sobreponerse al miedo a lo desconocido y a todo aquello que construye nuestros prejuicios y certezas, de otro modo sería imposible asumir el riesgo de vivir plenamente el aquí y el ahora.

Desde donde se le aborde, un encuentro es terrorífico, fascinante e inolvidable aun cuando encontremos similitudes e intensidades con otros anteriores.  La vida es un dejà vu continuo. Cada quien madura su experiencia diaria apostando a la riqueza inasible del recuerdo personal. Los hechos vividos acumulan lentamente las memorias que registran nuestro paso por el mundo. En este sentido, la literatura en sus distintas manifestaciones, nos ayuda a interpretar y dar sentido al vacío de la existencia. Es un medio de expresión generoso y exigente para introducirse en la complejidad de las emociones humanas. A veces, a través de la disidencia de opiniones; a veces, mediante el diálogo y la interlocución con el buscado e indefinible destinatario de nuestro mensaje.

Un hombre puede cometer muchos errores a lo largo de su vida sin tener que arrepentirse. Otra cosa sería si el remordimiento le impide ir en pos de un suceso que pudo cambiar su suerte. Básicamente creo que hay dos tipos de individuo, el que va al encuentro de sí mismo asumiendo los riesgos que conlleva, y quien prefiere refugiarse en la indolencia de lo que solemos llamar “destino”.

Jamás hubiera elegido a la literatura como experiencia de vida de haber optado por lo segundo. Todos los días me descubro a través de la ciudad de México: desquiciada, brutal y fascinante. Es parte de mí. Mi obra es eso y no otra cosa: una sucesión de encuentros conmigo mismo. Moby Dick y Trópico de Cáncer me llevaron a New York, Germinal y Viaje al final de la noche a París. Viajando aprendo más de mí mismo, me siento agasajado, instruido y vivo. Es una experiencia sensorial que anula cualquier cálculo. Por menos que un suceso cualquiera pueda cambiar nuestra vida, siempre tendrá el excitante elemento de lo insospechado.

Los hombres tendemos a dejar atrás el humo negro del presente para ir más allá del tedio. Muchas veces me he preguntado a qué voy a un encuentro de escritores, según yo, casi todos se parecen (los escritores y los encuentros) en su fastidiosa e incesante exhibición de talentos pequeños y petulancias monumentales. A pesar de ello, la decisión de asistir la influye mi apuesta por una variante que abra puertas al hallazgo.

Al igual que en su primera edición en 2008, Tiempo de Literatura en Mexicali ha reunido voces e intensidades diversas y comprometidas con sus propios proyectos literarios y editoriales, ajenos a los intereses y centralismo de la oficialidad cultural. Desde aquello que los distingue como creadores, los participantes marcan una saludable distancia de las cortesanías como recurso escalafonario.

Por fortuna, hace ya algunos años que los encuentros literarios independientes han proliferado en todo el país; tienen la cualidad de confrontar mundos complejos y diferentes entre sí, están llenos de significados y próximos a nuestras inquietudes más legítimas. Cada vez son más plurales y algunos, como éste de Mexicali, sumamente divertidos. La ausencia de convenciones le asegura hasta hoy la intensidad del fuego de lo profano. Podría parecer una obviedad, pero pocos eventos de su tipo reúnen tal entusiasmo. Sin embargo, siempre hay el riesgo de sucumbir al acoso de los farsantes. Bukowski decía que los escritores son los más difíciles de soportar en página o en persona. Y son peores en persona que en página, afirmaba. No hay que tomarlo a la ligera.

El clima y sus rigores es en lo que menos pensamos al ir tras una experiencia iniciática. Una ciudad fronteriza como Mexicali me lleva a reflexionar sobre el vacío nuclear de toda vida asolada por el desierto circundante. Con su dinámica extrema pero sin estridencias, es una inmersión incesante a lo impredecible. Sin embargo, la Auténtica Mafia Literaria (irónica rúbrica al despropósito que anima su proyecto), representada por Elma Correa, Esmeralda Ceballos y Samantha Luna, es responsable de que Mexicali, una vez al año, sea menos agreste, ajena e inhóspita no sólo a los fuereños, sino a la propia literatura.

La tarea de escribir esta presentación habría sido mucho más sencilla si pudiera enumerar cada uno de los momentos de camaradería y generosa hospitalidad que recibimos los participantes. Según Lawrence Durrell, comprender la intención lo es todo. Al igual que la mejor literatura, los mejores encuentros dedicados a ella sacan a la luz los elementos conflictivos de la intimidad del hombre ( hey, miren, éste soy yo, no hay nada más que ocultar); son al fin y al cabo, parafraseando a Henry Miller, una inmejorable oportunidad para encontrar la paz, lo mismo con el amigo que con el adversario o el resentido; de aceptar gozosa y plenamente, lo peor de uno mismo como único medio seguro de transformar a nuestro favor, la bestia que habita en las profundidades del alma humana.



martes, mayo 19, 2009

Salón del libro de París (fotografías de Bibiana Camacho)

Guillermo Quijas, director editorial de Almadía. Así como lo ven, a él le debemos la oportunidad de asistir al Salón du Livre


















Las caras lo dicen todo: En el departamento del barrio de Belleville, con Alberto "El Negro" Ibañez y Guillermo Quijas (de pie)

Camaradería y alcohol son hermanos siameses. Siempre andan pegados.
Jack London
Memorias alcohólicas







Con Brigitte, mi editora en Les Alussifs

Bibiana y yo, bien crudos, detrás del stand de Les Allusifs











Mi traductor y amigo Robert Amutio

Tuve la oportunidad de asistir al Salón du Livre de Paris celebrado en marzo de 2009. No fui invitado oficialmente pese a que soy miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte y a que tengo una novela recientemente traducida al francés. Debo suponer que Les Allusifs, la editorial quebequense que publicó Cuartos para gente sola en enero de 2009, no cumplió a tiempo con los protocolos que me harían digno de atención para el Centro Nacional del Libro Francés y CONACULTA. Dicen que santo que no es visto no es adorado. Sin embargo, hice el viaje gracias al apoyo financiero de Almadía, la editorial oaxaqueña que tiene los derechos de esa obra en español.

Durante una semana París celebró la literatura mexicana. El evento fue dedicado a México, y el país anfitrión realizó una esmerada difusión y cobertura mediática no sólo sobre los más de cuarenta escritores invitados oficialmente bajo la premisa de tener por lo menos una obra traducida al francés, sino del contexto social y cultural de México.

Con mi visita pude corroborar que la mayoría de los escritores mexicanos asistentes tenían sobrados méritos para representar al país. Muchos de ellos con más de un libro en las editoriales más importantes de Francia. Fui testigo de la nutrida asistencia a la feria, de la insólita reventa de boletos a la entrada del Salón en Porte de Versaille; la organización impecable y educada, el interés que provocó la literatura mexicana reflejada en los más de 22 mil títulos vendidos tanto en francés como en español de las obras disponibles, y de las atenciones a los escritores invitados. Incluso el clima, inusualmente soleado y fresco para esa época del año, parecía parte de las atenciones de los organizadores.

Por ello mismo me extraña la escasa difusión de los medios mexicanos para un evento de tal importancia, al desaprovechar esta oportunidad. Más allá de algunas notas informativas, de puntos de vista de algunos escritores como parte de miniencuestas y de las crónicas entusiastas de Proceso 1682 y 1690 correspondientes a enero y marzo respectivamente, no hubo nada que realzara la importancia de un evento literario con prestigio internacional con México por primera vez como invitado de honor. Creo que era una oportunidad de contraponer la imagen negativa que tiene el país internacionalmente, sobre todo tomando en cuenta que en plena semana del Salón du Livre, se discutía en ambos países el caso de Florence Cassez, la presunta secuestradora francesa condenada a 60 años de prisión en México.

Recorriendo las sofisticadas librerías de Saint Germain de Prés constaté que en sus aparadores se exhibían libros y fotografías de autores mexicanos, del mismo modo, en París abundó la publicidad del evento. Lo anterior haría pensar que esto llenaría de orgullo a las editoriales y autoridades culturales mexicanas y que semejantes atenciones darían material de sobra para la prensa cultural.

Sólo canal 22 hizo cobertura del Salón du Livre y se centró en algunos escritores como Jorge Volpi. Creo que no hace falta preguntar por qué.

Lejos de quejarme, sólo preguntaría a qué se debió lo que considero una desatención imperdonable de los medios mexicanos. La sala de prensa del pabellón de México siempre estuvo repleta de reporteros de radio, televisión y prensa escrita franceses, entrevistando a los escritores invitados. Durante una semana la literatura mexicana tuvo una relevancia que ni en México se le otorga, pese a las innumerables ferias de libro, congresos de escritores y etc. No es cuestión de cantidad o de cumplir con determinadas cuotas presupuestales y burocráticas, sino de calidad y propósitos claros. Como bien dijera en entrevista a Proceso 1682, Mónica González Dillón, funcionaria de CONACULTA, en ningún lugar del mundo es fácil ser escritor, tampoco en México, por lo que es momento de darles lugar.

Para dar un ejemplo, tan sólo por la eficacia y profesionalismo del área de prensa de Les Allussifs, una editorial pequeña pero con un muy buen catálogo de autores de todo el mundo; días antes de que comenzara el evento mi libro ya había sido reseñado en varias revistas, suplementos culturales, programas de radio y televisión; y a mi llegada a París fui objeto de un número similar de entrevistas y distinciones de parte de medios importantes de radio, televisión y prensa escrita, sin contar con que una crónica mía sobre “La Mataviejitas” fue traducida por un importante semanario francés y presenté Chambre pour personnes seules en un auditorio repleto del Salón du Livre, acompañado de dos prestigiosos académicos franceses especializados en literatura mexicana. Ahora sí entendí lo que significa que nadie es profeta en su tierra.

JUEVES, MARZO 26, 2009

J.M. Servín

J.M. Servín
Vídeo enviado por slal

entrevista durante el Salon du Livre de Paris 2009

www.ameriquelatine.msh-paris.fr


De manera similar fueron tratados los demás escritores según su grado de importancia y publicación en sus editoriales francesas. Más no se puede pedir.

Por lo mismo quedó exhibida la pedantería y arrogancia de los enviados de Canal 22, cuya cobertura se esmeró en captar todos y cada una de los desplantes y monerías de sus favoritos y patrón, quienes a su vez se encargaron de hablar por un país como si fueran emisarios oficiales del gobierno y la cultura de México. ¿Quién se los pidió? ¿Quién les otorgó semejantes funciones? Álvaro Cueva lo expone así en su columna de Milenio del 20 de marzo de 2009, refiriéndose a la cobertura de Canal 22: “Qué personajes más egoístas y sangrones. Cómo se nota que la mayoría de ellos lo único que les interesa es lucirse, presumir su sabiduría y despreciar cualquier cosa que se venda o que salga de sus esquemas elitistas. (…) Pero para desfiguros el de Jorge Volpi (…) en Francia se puso a hablar a nombre de Once TV México y de toda la televisión pública de nuestra nación”.

Durante una entrevista para Radio France Internacional










Alexandre Sánchez, una bella asistente editorial de Les Allusifs; paciente traductora durante las entrevistas a medios

Como país atrasado a niveles indignantes, creo que somos presa de un incurable resentimiento que provoca toda clase de protagonismos y descalificaciones según se presente la oportunidad. A ello atribuyo el escaso interés de los medios informativos nacionales en su seguimiento del Salón du Livre.

Los escritores mexicanos tenemos una bien ganada fama de engreídos y amafiados, y bien ganado tendríamos también el desinterés de los medios en cubrir presentaciones de libros y demás. Pero en el caso al que aludo es diferente y sólo hasta cierto punto entiendo la falta de empatía de los medios, aun cuando realmente vale la pena destacar los logros de un grupo de individuos que han arriesgado por un proyecto de vida destinado, salvo excepciones, al fracaso en un país donde la lectura es un estorbo. Quizá de ahí el cinismo y las politiquerías que se respiran en la provincia mexicana de las letras. La venta, según reportes extraoficiales, de más de 22 mil ejemplares en menos de una semana de feria del libro en París no pareció impactar a nadie, será porque los escritores actuamos en el entendido de que no vivimos de nuestros libros y un acontecimiento de venta colectiva como el presenciado en Francia, no nos dice gran cosa, pese a que tal cantidad es casi imposible de alcanzar por los más de cuarenta invitados durante un año de ventas en las librerías de México.

Me queda la duda, entonces, de saber qué escritores mexicanos provocan un verdadero interés más allá de nuestro país, y si acaso son leídos como para presumir unas regalías constantes y jugosas que justifiquen tanta arrogancia en algunos escritores presentes (incluso como colados) en el Salón du Livre. Sus desplantes de diva están muy por encima de su obra. Bukowski tenía mucha razón cuando afirmaba que la escritura atrae a los farsantes. ¿Qué será?, se preguntaba en el ocaso de su vida: “Los escritores son los más difíciles de soportar, en la página o en persona. Y son peores en persona que en la página, y eso es bien malo”.

Descubrí a algunos de ellos muy ufanos en llamar la atención como si hubieran sido invitados a la corte de Versalles, sólo les faltaba un pañuelillo de seda y el rapé. Un escritor es un hombre como cualquier otro, y su actitud ante la vida no explica su escritura, ni la hace trascendente. Durante esa semana en París me di cuenta y de lo mucho que hace falta saberlo.

Confirmé lo fortuito y misterioso que resulta tener éxito y lectores, y que si me mantengo alerta quizá algún día terminaré de comprender por qué la arrogancia, cuando no es transmitida por los dioses, sólo hace más evidente la presencia de los impostores.


lunes, mayo 11, 2009

Publicado en El Ángel de Reforma, 10/05/09


Epidemia en la ciudad de las distopias

(fotografías de Bibiana Camacho)

No hay nada más asombroso en este país que su capacidad para convertir el miedo colectivo en una pretendida alianza solidaria entre gobernantes y gobernados. Lo que comienza como una alerta máxima de seguridad nacional, se transforma en una comedia de enredos pues las autoridades, en su afán de convencernos de la pertinencia de sus decisiones, sólo incrementan el desconcierto y el malestar generalizado, debido a las incongruencias entre la realidad inmediata de las mayorías respecto al sacrificio que se les pide.

Desde que el Secretario de Hacienda Agustín Carstens diagnosticó como un “catarrito” los efectos de la recesión económica mundial en México, pareciera que el alud de contingencias que azota al país, es provocado por un mal fario.

De pronto, la ciudad de México despertó el 23 de abril con la estremecedora noticia de que un virus de influenza porcina, desconocida hasta entonces, se propagaba como epidemia, obligando a las autoridades federales y locales a imponer severas medidas sanitarias. Gobernantes y gobernados se identificaron compartiendo su pánico a través de una impresionante e inédita campaña informativa que acaparó los espacios de todos los medios de comunicación.

La insoportable arrogancia de una clase media pretendidamente informada contraatacó con burdas teorías conspiracionistas: Un ataque terrorista biológico que buscaba matar a Barack Obama en su visita a México; el Gobierno de Estados Unidos busca apoyar, con una epidemia inexistente, a la economía de su país o a las grandes empresas farmacéuticas; ocultar los problemas que sufre México y fortalecer al PAN en las elecciones del próximo mes de julio; una conspiración del Gobierno mexicano y los medios de comunicación para ocultar, al contrario de la versión anterior, la gravedad de una epidemia incontrolable que ha dejado millares de muertes; una conspiración de los productores de res (o de pollo) para afectar a los porcicultores.

Por si fuera poco, el lunes 27 de abril  antes del mediodía, un temblor de 5.7 grados Richter, sacudió a la ciudad de México. Estaban dados todas las condiciones para que la paranoia colectiva apoyara las apresuradas y arbitrarias medidas de ambos gobiernos. Durante los primeros días de la contingencia, los capitalinos convirtieron los cubrebocas en un codiciado accesorio de moda. A pesar de que los mentados trapitos azules son inútiles pues su porosidad permite fácilmente el paso de las partículas y además es poco viable que el virus pueda transmitirse por el aire sin estar en contacto con alguna superficie, así lo reconoció Miguel Ángel Lezana, director general de Vigilancia Epidemiológica y Control de Enfermedades de la Secretaría de Salud. Si acaso, los protectores han cumplido una función simbólica de reprimenda a nuestra manía de opinar y hacer juicios a la ligera de todo, tal y como lo hacen los verborreícos líderes de opinión de radio y televisión, especializados en cualquier tema a fuerza de subir el rating.

-Me preocupa que no haya pasaje, lo demás me vale madre. El que tiene que morir morirá, ¿a poco no, joven?

Comenta un taxista que me lleva a la desolada colonia Roma la tarde del jueves 30 de abril. 

No le falta razón al chafirete. Ante lo que ocurre cotidianamente en la capital del país, la epidemia de influenza conocida ahora como AH1N1 y de cepa mutante, es una calamidad más en una ciudad que desde su fundación ha sobrevivido a terremotos, pestes, invasiones armadas, delincuencia, debacles financieras, corrupción e impunidad.  El chilango es un sobreviviente nato que al igual que el resto de sus compatriotas, tiene una alta resistencia al castigo que lo lleva a tomar riesgos innecesarios y menospreciar sus consecuencias. Su aparente valemadrismo disimula su identidad con una cultura altamente religiosa que pondera el sacrifico y la resignación. Nuestros gobernantes lo saben.

Durante los primeros días de emergencia sanitaria recorrí a pie buena parte del Centro Histórico en busca de tapabocas y alcohol medicinal. Pese a las afirmaciones del gobierno local y federal de que el abasto de estos productos estaba garantizado, en todas las farmacias que encontré había anuncios de cartulina que contradecían el optimismo oficial. Las compras de pánico, el acaparamiento y los abusos eran de esperarse. Fue hasta el miércoles 29 que conseguí los profilácticos en un “Sumesa” de la colonia Juárez. En la calle, ante la complacencia de tirios y troyanos, dos franeleros vendían a la discreta las telitas, ocultas en una bolsa negra de supermercado.

De común acuerdo, los gobiernos federal y del DF restringieron las actividades sociales y comerciales. Obligaron el cierre temporal de restaurantes, bares y giros similares. Para cuando el presidente Calderón dirigió un efusivo mensaje a la nación en cadena nacional, conminándola a quedarse en casa y aprovechar el tiempo con la familia, los millones de televidentes ya sabían a qué atenerse. Sólo que esta vez, el miedo a lo desconocido y la incertidumbre, más que la conciencia ciudadana, fue determinante para aplicar eficazmente las medidas al vapor.

El asueto obligatorio se confabuló con el puente del 1o de mayo para inmovilizar la ciudad. Orson Wells estaría fascinado. Ambos gobiernos (federal y capitalino) se atribuyeron facultades excepcionales fundamentando un consenso a través del miedo. Hay que tener claro que una cuarentena no cura a nadie, pero contribuye a evitar que la transmisión de la enfermedad se propague. De cualquier modo se estima que generalmente el 10% de la población la viola.

Para los capitalinos la vida está en las calles y resulta comprensible que haya quienes se resistan a un autoarraigo domiciliario. Durante un recorrido en el primer cuadro de la ciudad que incluyó la zona de la Merced, llamó mi atención los cientos de paseantes con actitud desganada y semblante aburrido. Para entonces, ya ni las prostitutas de Circunvalación usaban tapabocas. Los comercios cerrados, el sol agobiante y una desangelada y poco concurrida manifestación con motivo del 1º de mayo frente a Palacio Nacional, solo hizo más deprimente la respuesta a la alerta sanitaria. En la plancha del Zócalo algunos trabajadores terminaban de montar una enorme carpa blanca, parecía un funesto presagio de lo que se avecina: un hospital móvil para atender víctimas de la epidemia.

“El Consorcio” es una cervecería en la avenida Bucareli, a un lado del edificio donde vivo, a unos pasos de la secretaría de Gobernación. Da servicio continuo todo el año, aun durante los frecuentes cierres de calles por plantones y marchas. Bromeando, yo aseguraba que sería el único lugar abierto después de la Hecatombe. Me equivoqué, el sábado 2 de mayo sus cochambrosas cortinas presumían unos flamantes sellos de clausura.

¿Qué queda de una ciudad donde se prohíbe la celebración y el festejo? El orden restrictivo como su contraparte brutal y angustiante, inhibe las manifestaciones carnales de amor y amistad a riesgo de morir  por un contagio viral. El manejo informativo de la epidemia nos ha hecho sentir inermes ante la adversidad, a menos que seamos obedientes, pero esto no significa un triunfo de nuestros gobernantes ni de la sociedad civil.

La desolación en las calles fue para algunos una oportunidad de disfrutar del trino de los pájaros y el aire aceptablemente limpio. Pero también permitió apreciar el descuido de plazas y jardines, infestados de basura y refugio de indigentes que a nadie importan. ¿No deberían ser ellos las primeras víctimas de una epidemia?

Un vendedor de barbacoa en la calle de Pugibet, se quejaba:

-Ahora tenemos que escondernos hasta para comer.

Así es amigo, pensé, es la pesadilla totalizadora en el país del taco callejero.

Pese a su fama de cínicos e indolentes, los chilangos aceptaron de buen modo la contingencia. Sin embargo, quedó en entredicho la reputación de una capital mundialmente conocida como vibrante y desparpajada, donde la endeble legalidad es tan sólo un estimulante del ocio transgresor. Por el momento, triunfó el control y la vigilancia omnisciente. La simulación y el miedo obtuvieron el consenso mayoritario. Otra clase de desquiciamiento nos espera. La pesadilla orwelliana encontró campo fértil en la capital que lleva amplia ventaja a cualquier especulación futurista.


 

 

 

 

 

 

lunes, mayo 04, 2009

Publicado en la revista Emequis 170, mayo 2009


Visiones del fin del mundo

El futuro es un concepto anacrónico en un país como México. Este país ha rebasado con holgura las predicciones apocalípticas más aventuradas. En él coexisten la epidemia y la barbarie. El futuro se convierte todos los días en un cuadro costumbrista. Los alcances de una epidemia de influenza o fiebre porcina han puesto a los habitantes de este país dentro  de un escenario que rebasa la imaginación de cualquier novelista. La ciudad de México incuba la distopia. La habitan una vasta galería de inasimilables, que han convertido en símbolo de identidad su lucha por la sobrevivencia cotidiana. Al cuadro anómalo sólo le faltaba un virus de la magnitud del que se propaga en estos días, para que la paranoia nacional justifique cualquier teoría conspiracionista.

Las grandes crisis económicas se parecen a las epidemias virales, pues ocurren cada cierto número de décadas y nadie sabe con precisión cuándo se producirán. Si la epidemia de influenza en México llegara a tomar las dimensiones de la “gripe española” que azotó al mundo en 1918 y causara entre 40 y 50 millones de muertos, equiparable al de los muertos en la Segunda Guerra Mundial, el país se convertiría en un deambulatorio de almas en pena con tapabocas, sin pausa, tregua ni rumbo, huyendo de la muerte mientras otros como ellos fallecen frente a sus ojos sin recibir una mínima ayuda. La influenza pareciera ser el virus de nuestro tiempo pues para combatirlo se requiere evitar cualquier contacto humano, sobre todo los besos, manifestación sublime del amor entre los humanos. En una ciudad como el DF con una tremenda crisis de agua, las medidas sanitarias recomendables por la Secretaría de Salud se convierten en un castigo bíblico. La barbarie subyace bajo la capa de civilización y de  progreso.

Epidemiólogos de la Secretaría  de Salud estudiaron los patrones de propagación de la pandemia de gripe española de 1918 y a través de un modelo matemático calcularon el impacto en México de un fenómeno viral semejante. Estiman que en un plazo de seis meses el 35 por ciento de la población estaría afectado por la influenza, con cuadros leves hasta muy graves. Habría unas 500 mil personas requiriendo hospitalización y aproximadamente 200 mil muertos, es decir, uno de cada 175 afectados.

El impacto en la economía no tardará en mostrar su efecto demoledor. Recordemos que no hace mucho, el secretario de Economía diagnosticó un catarrito en las golpeadas finanzas nacionales.

La ausencia de fe o la necesidad de recobrarla es uno de los dilemas a los que se habrá enfrentado el habitante de este país. Paradójicamente, en un mundo donde el calentamiento global está acelerando el desequilibrio en los ecosistemas y la destrucción de las especies, la epidemia de influenza podría verse como una respuesta de la Naturaleza a la sobrepoblación del planeta y al agotamiento de su capacidad de proveernos de servicios gratuitos a los que estamos acostumbrados, como depurar el aire y el agua, tierras fértiles, reciclamiento de desperdicios, protección a las cosechas de las plagas, nutrir el suelo, etc.

La crisis definitiva del hombre contra la Naturaleza estalló ya y no hay marcha atrás. Nadie puede predecir con exactitud cuánto vivirá ni cómo, pues estamos inmersos en una ruleta rusa de imponderables ecológicos, sanitarios y financieros.  Sin embargo, la epidemia de influenza en Mexico hasta hoy parece un problema menor pues el número de muertos es mucho menor comparado con el provocado por el tabaquismo, el alcoholismo, la diabetes melitus o los accidentes automovilísticos. Al menos en la ciudad de México, muere más gente al año atropellada que por cualquier enfermedad. Todo esto sin contar las bajas de la guerra contra el narco.

Pese a lo anterior, lo que podremos ver a futuro, sin duda, es a selectos grupos de gente acaudalada amurallada en sus propiedades, lejos de la chusma que propaga pestes y enfermedades. Pero también los veremos presidiendo a control remoto, funerales masivos de la horda empobrecida y víctima del hambre, la violencia y todo tipo de epidemias. Nuestros códigos de comportamiento están cambiando a ritmo vertiginoso. El amor y la solidaridad están a punto de convertirse en un doloroso sacrificio a riesgo de morir contagiado. Será parte del nuevo ritual que rodea a la muerte. Lo que quede de esa agónica institución llamada Familia, será responsable de organizar los nuevos cultos funerarios en un inútil afán de preservar tradiciones obsoletas, y debido a las epidemias, peligrosas.

Obligados como estamos a permanecer en casa el mayor tiempo posible, es una oportunidad de leer  La fiebre escarlata, de Jack London, y La peste, de Albert Camus.

La humanidad según ambas ficciones, se regenerará a partir de unos pocos sobrevivientes, pero sólo para engendrar las condiciones que la llevarán a un nuevo Apocalipsis.