LOS ESPERAMOS
Historias bajo el talón de hierro
Ficción y periodismo charter de J. M. Servín
jueves, mayo 23, 2013
jueves, mayo 16, 2013
viernes, febrero 01, 2013
blucansendel: El Hotel de los horrores del Dr. Holmes
blucansendel: El Hotel de los horrores del Dr. Holmes: Todo empezó cuando un coleccionista compró unos antiguos cilindros de cera (antecesor prehistórico de los discos de vinilo) y se enteró de l...
jueves, enero 17, 2013
Publicado en la edición de aniversario del suplemento Laberinto de Milenio no. 500
Aguinaldo en silla de ruedas
Mi padre había
perdido una pierna a causa de la diabetes y ahora tenía que usar una silla de
ruedas. Era diciembre de 1986. Yo tenía 24 años y Lucio 62, y pese a su
semblante un poco cansado, a ratos ausente, aún gozaba de vitalidad y ganas de
vivir como para desatender por completo las indicaciones del médico y, en la
medida de sus posibilidades, seguir llevando su vida como a él le gustaba.
Crudo, siempre tomaba por la mañana un Peñafiel de mandarina y todos los
días té de boldo para limpiar el hígado. Tenía una mirada curiosa, lista a
sorprender una trampa o una mentira. Más que expresar algo, su rostro parecía
absorber la paciencia de los demás para burlarse de ella. Su piel blanca, la
frente amplia coronada por unos rizos grises y castaños le daban un porte de
criollo que le ayudó a sostener la mirada a los españoles judíos con los que
hizo malos negocios.
Yo trabajaba como mensajero en Banco Somex, en Reforma, donde ahora se
encuentran las oficinas de la PGR. Aunque formaba parte del escalafón más bajo
de los empleados de la institución, mis prestaciones no estaban nada mal, en
Navidad incluían un arcón navideño y un aguinaldo que me volvía generoso a
conveniencia. Como la mayoría de la gente que me rodeaba, tenía la actitud de
quien incluso sin proponérselo, se hace cómplice del desvergonzado triunfalismo
de un gobierno que en aquellos años parecía que jamás dejaría el poder.
El caso es que había decidido gastarme una parte de mi aguinaldo llevando
a beber a mi padre a los lugares que él frecuentaba cuando las cosas le iban
bien, hacia ya mucho tiempo atrás. Durante cuarenta años mi padre tuvo su
taller de joyería en la calle de Palma y luego en el 57 de 16 de Septiembre, en
el centro de la ciudad de México. En 1980 cerró su taller, el oficio de joyero
se había venido abajo por la entrada de las grandes empresas que habían ido
reclutando en sus fábricas a artesanos y aprendices para que trabajaran a
destajo, se encareció la mano de obra, la joyería en serie inundó el mercado y
bajó los precios. Ya no había quien pagara por una pieza o una compostura
hechas a mano. Mi padre malbarató el mobiliario y su herramienta vendiéndolos a
los patrones judíos que lo sacaron del negocio, y sólo le quedaban recuerdos
biliosos que lo llenaban de culpas.
Tomamos un minitaxi de nuestro domicilio en Infonavit Iztacalco y con
todo y silla de ruedas nos enfilamos a la cantina La Giralda, en Motolinía casi
esquina con 16 de Septiembre. Lucio se había puesto sus mejores ropas. Guayabera, pantalón de vestir, sombrerito de fieltro tipo
flap top, chamarra de cuero de
solapas anchas y botines. Yo sabía que en el bolsillo del pantalón escondía una
de sus navajitas de muelle que lo hacía sentir protegido. Dados los niveles de
violencia a los que estábamos acostumbrados no sólo en nuestro barrio, sino por
toda la ciudad, no dejaban de darme risa las prevenciones de mi padre. Bandas
de asaltantes y pendencieros portaban armas de fuego y cuchillos largos y yo no
tenía ninguna intención de jugarle al valiente dado el caso. El dinero que yo
llevaba conmigo enrollado y oculto en el calcetín era probablemente menos de lo
que costaba la silla de ruedas y la navaja con mango de nácar. Una pareja de
ladrones huyendo con el botín y una silla de ruedas, mi padre tirado en el
suelo pataleando con su única pierna y yo gritando por ayuda mientras trato de
levantarlo.
En calzada
de Tlalpan, a la altura de San Antonio Abad se apreciaban las huellas del
terremoto de 1985: edificios aplastados, campamentos de damnificados. En el
Centro más recordatorios de la clase de gobernantes que tolerábamos: edificios
abandonados, baldíos, cascajo, basura, indigentes, ambulantaje y más
campamentos. Las calles apestaban a una desgracia mustia que había quedado como
testimonio de los miles de muertos, la destrucción y la incapacidad del
gobierno para hacer frente a una emergencia. Nació un paradigma de
participación ciudadana en la Ciudad de México. Yo había sido brigadista en
los rescates durante varias semanas y sí, hubo mucha solidaridad espontánea de
la población, yo fui parte de ello, pero también presencié rapiña, agandalle de
cientos de civiles, jóvenes clasemedieros sobre todo, que habían tomado el
terremoto como una oportunidad de diversión extrema y de salir de su
arrinconamiento social; funcionarios públicos, policías y soldados que
aprovecharon la tragedia para sacar tajada.
El taxi nos dejó en Madero y nos dirigimos de inmediato
a la cantina preferida de mi padre. Era una atmósfera de comerciantes españoles
adinerados, sastres y joyeros, coyotes del Monte de Piedad y leguleyos. Una
fauna variopinta con un olfato de sabueso para la trácala. Yo había crecido
tomando como algo normal que esa gente además de médicos generales y dentistas,
siempre tuvieran un tufillo alcohólico.
El cantinero y los meseros saludaron a mi padre con gusto y el viejo se
sintió de nuevo en sus dominios, si bien algo receloso ante los comentarios que
pudiera provocar su estado. Todos fueron a darle un abrazo, por Navidad, por
los tiempos idos, por el dineral que dejó mi padre en lugares así. En el casete
del estéreo sonaba José José. Todo era tragedia en él. Su película
autobiográfica coincidió con el terremoto un año atrás y nadie fue a verla. Soy asíiiiii. El gran crooner dipsómano y cocainómano, ídolo
de los oficinistas donde yo trabajaba. Bacardí blanco para estar a tono con sus
canciones. Eran apenas las cinco de la tarde y ya había algunos parroquianos
hasta las manitas de borrachos, abrazados unos de otros, babeando dormidos en
una mesa, hablando a gritos. Pese a todo, éramos orgullosos hasta la terquedad
y la mayoría creía que era cosa de suerte para darle un golpe de timón al
destino. Como mi padre, consumidos y empobrecidos, con pocas cosas de qué
ilusionarse a no ser con ganar la lotería.
Mi padre terminó su segundo Don Pedro con agua mineral y nos fuimos. Nos
faltaba saludar a Rosi “La Borrega”, propietaria de un taller de troquelado arriba
de donde ahora es el bar Pasagüero, en la misma calle. Empinaba el codo
durísimo la señora. Tuvimos suerte, ya se había ido a repartir abrazos a cambio
de apretujones y copas y no nos acompañó el resto del recorrido.
Por un momento en esa tarde calurosa, mi padre y yo habíamos dejado de
sentirnos culpables por llevar años peleando por el derecho a vivir con agua
caliente y fría, un excusado limpio, un techo y comida en la alacena.
Pasamos de una cantina a otra en la misma calle, saludando en todas a los
amigos de mi padre. “Oye Lucio, tu hijo no se parece en nada a ti.” Durante
horas, mi padre tomó con mesura sus Don Pedro “campechanos”, repartió abrazos y
recuerdos, un fuerte anecdotario de amargura, mordacidad y fracasos monetarios.
Poco antes de la medianoche un mesero de La Fuente, nos pidió un taxi. Le
preguntó a mi padre si yo iba bien para llevarlo a casa.
-Te ves peor tú y no has tomado- fue su
respuesta al lambiscón mesero que había recibido una generosa propina y ni así
me dirigía la palabra.
Llegamos a nuestro barrio lleno de colorido por
las luces navideñas en las ventanas, pero también por las torretas de las
patrullas que rondaban las calles principales. En un andador nos topamos con un
grupo de desconocidos. Tragué saliva, alerta, pero no se atrevieron a
talonearnos.
En casa no nos esperaba nadie. Hacía tiempo que sólo vivíamos ahí tres
personas. El fregadero estaba lleno de trastes sucios. Mi hermano menor se
habría ido a una posada.
martes, enero 08, 2013
Reseña en Laberinto de Milenio
Del duro oficio de vivir, beber y escribir desde el caos
http://issuu.com/laberintomilenio/docs/laberinto-496/1
http://issuu.com/laberintomilenio/docs/laberinto-496/1
Desde Tijuana, Los Ángeles, París y Nueva York hasta
Pantitlán, entre grupos musicales como The Ramones, Serge Gainsbourg y Albert
Plá, J.M Servín comparte sus preferencias musicales y geográficas con grandes escritores
como James Ellroy, Irving Welshy Hunter S. Thompson que han influído a lo largo
de su trayectoria.
“Dentro de un considerable número de autores de
los cuales me entusiasma su obra, y de la vasta tradición musical negra
afroamericana de la postguerra, elegí sólo a quienes coincidieron con mi
nomadismo geográfico y con necesidades existenciales muy específicas en
momentos críticos de mi vida. Un común denominador de todos los elegidos es su
fuerza expresiva y su llamado urgente para que los lectores desenfadados los
recuperen como lo que son: exploradores iconoclastas de lo más profundo de la
experiencia humana”. J.M Servín.
Nació en la Ciudad de México en 1962, es
narrador, periodista y editor. Publica regularmente ficción, periodismo y
ensayo en suplementos, revistas y periódicos nacionales y extranjeras. Parte de
su obra ha sido traducida al francés y al inglés y forma parte de diversas
antologías. Premio Nacional de Testimonio 2001 y Premio Nacional de Periodismo
cultural Fernando Benítez 2004. Miembro del Sistema Nacional de Creadores de
Arte desde 2005. Su narrativa explora en “la epopeya del hombre común” sin un
afán protagónico; profundamente vitalistas y autobiográficas casi siempre, sus
historias sumergen al lector en abismos plagados de absurdo, escatología y
violencia estridente.
Entrevista para Milenio Dominical
J.M. Servín: “Todos los días recuerdo de dónde vengo”
Dominical •
23 Diciembre 2012 - 1:28am — Héctor González
J.M. Servín es una especie de sobreviviente. Creció en la Unidad
Infonavit Iztacalco, o como él dice “Infiernavit” o “Infonabronx”. “Era
un reformatorio de puertas abiertas”, recuerda el escritor, quien dice
que al menos en tres ocasiones ha tenido que reinventarse y empezar de
cero.
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Foto: Arturo Bermúdez
• ¿CÓMO LLEGA A LA LITERATURA?
Por suerte. Mis padres no tenían educación formal pero les gustaba la lectura, en casa siempre hubo libros. Una de mis hermanas me compró una colección de cuentos de los hermanos Grimm. También leía cómics, Lágrimas y risas por parte de mi mamá y Hermelinda Linda por mis hermanos.
¿HASTA QUÉ GRADO ESTUDIÓ?
A los cuatro meses de haber entrado a la Prepa 6 me expulsaron. Era buen lector pero mal estudiante, además tenía problemas de conducta.
¿QUÉ PROBLEMAS DE CONDUCTA TENÍA?
Era peleonero, dado a provocar a los maestros; un conflicto de autoridad, dirían los psicólogos sociales. Una vez estuve a punto entrar al Consejo Tutelar de Menores, mi padre fue a hablar con el director e impidió que nos ingresaran a mi hermano y a mí.
¿CÓMO CORRIGIÓ EL RUMBO?
Mi padre llegó a pensar que estaba enfermo porque leía demasiado; por otra parte, mis hermanos entendieron que la lectura podía ayudar a no desbarrancarme. Siempre hubo alguien cerca para echarme la mano. De lo único que estaba seguro era de que no me quería quedar en ese
ambiente, ni ser toda la vida obrero.
¿LA ESCRITURA ES REDENCIÓN?
Sí, y es reeducación. No creo que nos vuelva mejores pero sí nos da la capacidad de elegir por nosotros mismos.
SE REINVENTÓ.
Totalmente. Mi vida ha tenido tres inicios. Uno cuando me fui de México. Dos, mi llegada a Estados Unidos, porque no sabía qué hacer. Tres, mi regreso al país, porque a partir de entonces me dediqué a escribir, en ese momento me convencí que podía dedicarme a esto. Quizá
padecía falta de autoestima.
¿YA SUPERADA?
No del todo. Me gusta lo que hago, pero todos los días me recuerdo de dónde vengo porque ése es un acicate para seguir.
SU CICATRIZ MÁS PROFUNDA ES…
Ver morir a mis padres pobres porque eran clase trabajadora que vivía al día.
¿TIENE MASCOTA?
Me encantan los perros, tengo un bull terrier inglés que se llama Kato, siempre digo que es mi editor porque es un detonador de mi creatividad y tranquilidad.
¿QUÉ QUEDA DE SU ESPÍRITU PUNK?
A lo mejor la rabia, mi idea de no rendirme a las primeras; cuestionarme siempre todo, empezando por mí mismo.
¿SIGUE ESCUCHANDO A LOS RAMONES?
Oigo más funk, la tradición negra afroamericana me fascina y la combino con el punk de Los Ramones y The Clash.
TAMBIÉN LE GUSTA SERGEI GAINSBOURG…
El gran trovador francés es un genio, ya sea como personaje público o cantante, es fantástico, tenía todo. Esos son los dioses. Fue un ícono transgresor desde la cultura popular.
¿ENCUENTRA A ALGÚN MEXICANO DE ESAS CARACTERÍSTICAS?
La verdad no; lo encontraría más en El Púas Olivares, es un ícono de la contracultura nacional. Incluso más que el rock local, que en general me parece bastante ñoño. En las letras habría que revisar la obra de José Revueltas, a quien no se le ha dado el valor que se merece.
¿QUÉ SIGNIFICAN SUS TATUAJES?
Nada en concreto. Son reflejo de distintas etapas de mi vida donde sentía la necesidad de abrirme a los demás, al mundo, y de gritar a través de mi cuerpo. Pero tienen que ver más con mi juventud que con lo que soy a mis 50 años.
¿SE ARREPIENTE DE ELLOS?
No, para nada. De hecho me gustaría hacerme otro, pero duele demasiado y ya no estoy dispuesto a esas cosas.
* * *
J.M. SERVÍN
(Ciudad de México, 1962) es autor de libros como Por amor al dólar, Cuentos para gente sola y DF Confidencial, crónicas de delincuentes, vagos y de más gente sin futuro. Es director y editor de la revista Cuadernos de Periodismo Gonzo.
Por suerte. Mis padres no tenían educación formal pero les gustaba la lectura, en casa siempre hubo libros. Una de mis hermanas me compró una colección de cuentos de los hermanos Grimm. También leía cómics, Lágrimas y risas por parte de mi mamá y Hermelinda Linda por mis hermanos.
¿HASTA QUÉ GRADO ESTUDIÓ?
A los cuatro meses de haber entrado a la Prepa 6 me expulsaron. Era buen lector pero mal estudiante, además tenía problemas de conducta.
¿QUÉ PROBLEMAS DE CONDUCTA TENÍA?
Era peleonero, dado a provocar a los maestros; un conflicto de autoridad, dirían los psicólogos sociales. Una vez estuve a punto entrar al Consejo Tutelar de Menores, mi padre fue a hablar con el director e impidió que nos ingresaran a mi hermano y a mí.
¿CÓMO CORRIGIÓ EL RUMBO?
Mi padre llegó a pensar que estaba enfermo porque leía demasiado; por otra parte, mis hermanos entendieron que la lectura podía ayudar a no desbarrancarme. Siempre hubo alguien cerca para echarme la mano. De lo único que estaba seguro era de que no me quería quedar en ese
ambiente, ni ser toda la vida obrero.
¿LA ESCRITURA ES REDENCIÓN?
Sí, y es reeducación. No creo que nos vuelva mejores pero sí nos da la capacidad de elegir por nosotros mismos.
SE REINVENTÓ.
Totalmente. Mi vida ha tenido tres inicios. Uno cuando me fui de México. Dos, mi llegada a Estados Unidos, porque no sabía qué hacer. Tres, mi regreso al país, porque a partir de entonces me dediqué a escribir, en ese momento me convencí que podía dedicarme a esto. Quizá
padecía falta de autoestima.
¿YA SUPERADA?
No del todo. Me gusta lo que hago, pero todos los días me recuerdo de dónde vengo porque ése es un acicate para seguir.
SU CICATRIZ MÁS PROFUNDA ES…
Ver morir a mis padres pobres porque eran clase trabajadora que vivía al día.
¿TIENE MASCOTA?
Me encantan los perros, tengo un bull terrier inglés que se llama Kato, siempre digo que es mi editor porque es un detonador de mi creatividad y tranquilidad.
¿QUÉ QUEDA DE SU ESPÍRITU PUNK?
A lo mejor la rabia, mi idea de no rendirme a las primeras; cuestionarme siempre todo, empezando por mí mismo.
¿SIGUE ESCUCHANDO A LOS RAMONES?
Oigo más funk, la tradición negra afroamericana me fascina y la combino con el punk de Los Ramones y The Clash.
TAMBIÉN LE GUSTA SERGEI GAINSBOURG…
El gran trovador francés es un genio, ya sea como personaje público o cantante, es fantástico, tenía todo. Esos son los dioses. Fue un ícono transgresor desde la cultura popular.
¿ENCUENTRA A ALGÚN MEXICANO DE ESAS CARACTERÍSTICAS?
La verdad no; lo encontraría más en El Púas Olivares, es un ícono de la contracultura nacional. Incluso más que el rock local, que en general me parece bastante ñoño. En las letras habría que revisar la obra de José Revueltas, a quien no se le ha dado el valor que se merece.
¿QUÉ SIGNIFICAN SUS TATUAJES?
Nada en concreto. Son reflejo de distintas etapas de mi vida donde sentía la necesidad de abrirme a los demás, al mundo, y de gritar a través de mi cuerpo. Pero tienen que ver más con mi juventud que con lo que soy a mis 50 años.
¿SE ARREPIENTE DE ELLOS?
No, para nada. De hecho me gustaría hacerme otro, pero duele demasiado y ya no estoy dispuesto a esas cosas.
* * *
J.M. SERVÍN
(Ciudad de México, 1962) es autor de libros como Por amor al dólar, Cuentos para gente sola y DF Confidencial, crónicas de delincuentes, vagos y de más gente sin futuro. Es director y editor de la revista Cuadernos de Periodismo Gonzo.
"Seis ojos"
Este relato publicado originalmente en Revolver de ojos amarillos (Almadía 2009), obtuvo una importante distinción como obra traducida al inglés. He aquí el link de la revista que lo publicó en la traducción de Joel Streicker
http://www.epiphanyzine.com/SS2012_servin.html
I was working at Sorrento Shoes. Three female employees waited on the customers. I was in charge of the storeroom and making sure that no one, mainly the employees, stole. I never told on them because there was no upside in it for me.
To get to the storeroom you had to go down a spiral staircase in the back of the store. The passageways between the shelves were jammed with piles of boxes and shoes because the women left the shelves a mess so as to save time. Often, they would throw boxes down from upstairs, shoes and all. It was assumed that someone—me—would clean everything up each time it was needed.
Brown Bostonians, size eight! Lady Godiva, size two and a half! The women liked to snap their fingers to hurry me up, although they had been warned that I didn’t like their manners. Customers used to leave, annoyed at the long and useless wait. More than once, too late, I found models I thought we had run out of.
The owner hired me with the intention of saving himself the cost of a security guard: surely the same thing had happened with others before me, and many others after me would continue the chain. They stamped us out by the millions, like the shoes that we wore: cheap and, of course, not sold at Sorrento Shoes. Son, let me help you out a little, please choose some shoes that we sell here, my treat, but don’t use those clodhoppers, it makes a bad impression. He loved to play at being generous in front of his son and the employees. I gave him fits by refusing to use the ugly canvas loafers that he so proudly offered to the customers.
Slick old don Bernal rarely went down to the storeroom. He owned other businesses and when he went to the store he would plant himself next to the cashier to feel her up, go over the books and intimidate the other two employees with scolding and accusations. Yola never fended him off, out of a fear as big as her pride at having a butt the Spaniard hankered after.
At the back of the damp storeroom there was a water tank and when the pump wasn’t working I would lug buckets of water to the bathroom on the first floor, next to the stairs, to clean and unstop the perennially disgusting toilet.
I spent a great part of the day stretched out under the light above the tank, smoking, reading novels and fashion and TV gossip magazines that the women loaned me. Sometimes I would whack off looking at the photos.
I pretended to do my job, dropping boxes and shoes on the floor and after a while shouting from the water tank, “We don’t have any!”
Other times, I would take my time searching for the order.
Martha was different from Yola and Gaby. She looked like a retard, which made her an easy target to make fun of. She was a bit older than me. I found that out because once, going through her purse in search of cigarettes, I found her Social Security card. She wore thick horn-rimmed glasses and walked as if her shoes were too big for her. Fortunately for her, her work smock hid her dresses, which were the kind of colors used for detergent commercials. She was in charge of keeping the store clean and running errands. We almost never talked, except at the beginning and end of the work day when we would raise and lower the roll-up metal security door.
On one occasion, while Yola cashed out for the day, I lowered the door and waited with Martha for the last customer (an old man with a veiny nose who filled the store with the stink of his pipe tobacco) to leave. Just then a rain shower fell. To pass the time, Gaby joined us to complain about don Bernal and the miserable wages he paid but, like her co-workers, she was scared of getting fired. Martha never participated in the gossiping.
Yola ordered us to leave. It seemed like gravel, rather than water, was falling on the store’s zinc awning. Every once in a while one of us would click a tongue, angry. We took turns like that for a long time until Yola and Gaby, thin and with the bags under her eyes poorly made up, ran to the bus stop. I stayed behind with Four Eyes. It was like being in front of the store window observing a mended shoe. I felt pressure to say something, anything.
“Where do you live?”
“Near the Viaduct.”
“Where do you catch the bus?”
“At the corner.”
I said good-bye without regrets but a few meters later something compelled me to turn around. Martha was gazing in my direction, adjusting her glasses, looking like she was going to wait there her whole life if necessary. I went back.
“It’s better if I stay, I don’t want to get soaked,” and then I fell silent, not having the heart to confront her gaze. Four Eyes had seen me leave nonchalantly.
Indifferent, with her knee she began to jog the supermarket bag in which she carried her smock and lunchbox. The rain let up. Martha turned toward one side of the street and the other then and suggested:
“Don’t you go that way? It’s going to get late.”
With a gesture I yielded to her. At the unsheltered bus stop my hair wound up soaked. Four Eyes covered herself with her bag. The bus finally arrived. Strangely, it wasn’t jam-packed. When we got on I went first and paid for both of us although that whole time we had behaved like strangers.
We rode standing up, surrounded by the usual people: most of them with faces like muggers, street vendors or sick people on the verge of a diabetic coma. The rest hunched in their seats, yielding to a heavy sleep.
More than once I discovered Martha looking at me out of the corner of her eye. I took advantage of one of those times to brush a withered leaf from her shoulder. It occurred to me to tickle her pink, earringless ear but I suspected she was aggressive with guys who were forward. I distracted myself thinking about what she did in her free time—I couldn’t remember having seen her even once getting out of the bathroom—and if she liked beauty magazines why didn’t she follow their advice?
I rang the bell a little before we arrived at the intersection where I would catch my one-peso bus. I said good-bye but she interrupted me.
“I’m getting off here, too,” and, giving me a gentle push, she hurried me out while she adjusted her glasses....
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http://www.epiphanyzine.com/SS2012_servin.html
(translated by Joel Streicker)
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I was working at Sorrento Shoes. Three female employees waited on the customers. I was in charge of the storeroom and making sure that no one, mainly the employees, stole. I never told on them because there was no upside in it for me.
To get to the storeroom you had to go down a spiral staircase in the back of the store. The passageways between the shelves were jammed with piles of boxes and shoes because the women left the shelves a mess so as to save time. Often, they would throw boxes down from upstairs, shoes and all. It was assumed that someone—me—would clean everything up each time it was needed.
Brown Bostonians, size eight! Lady Godiva, size two and a half! The women liked to snap their fingers to hurry me up, although they had been warned that I didn’t like their manners. Customers used to leave, annoyed at the long and useless wait. More than once, too late, I found models I thought we had run out of.
The owner hired me with the intention of saving himself the cost of a security guard: surely the same thing had happened with others before me, and many others after me would continue the chain. They stamped us out by the millions, like the shoes that we wore: cheap and, of course, not sold at Sorrento Shoes. Son, let me help you out a little, please choose some shoes that we sell here, my treat, but don’t use those clodhoppers, it makes a bad impression. He loved to play at being generous in front of his son and the employees. I gave him fits by refusing to use the ugly canvas loafers that he so proudly offered to the customers.
Slick old don Bernal rarely went down to the storeroom. He owned other businesses and when he went to the store he would plant himself next to the cashier to feel her up, go over the books and intimidate the other two employees with scolding and accusations. Yola never fended him off, out of a fear as big as her pride at having a butt the Spaniard hankered after.
At the back of the damp storeroom there was a water tank and when the pump wasn’t working I would lug buckets of water to the bathroom on the first floor, next to the stairs, to clean and unstop the perennially disgusting toilet.
I spent a great part of the day stretched out under the light above the tank, smoking, reading novels and fashion and TV gossip magazines that the women loaned me. Sometimes I would whack off looking at the photos.
I pretended to do my job, dropping boxes and shoes on the floor and after a while shouting from the water tank, “We don’t have any!”
Other times, I would take my time searching for the order.
Martha was different from Yola and Gaby. She looked like a retard, which made her an easy target to make fun of. She was a bit older than me. I found that out because once, going through her purse in search of cigarettes, I found her Social Security card. She wore thick horn-rimmed glasses and walked as if her shoes were too big for her. Fortunately for her, her work smock hid her dresses, which were the kind of colors used for detergent commercials. She was in charge of keeping the store clean and running errands. We almost never talked, except at the beginning and end of the work day when we would raise and lower the roll-up metal security door.
On one occasion, while Yola cashed out for the day, I lowered the door and waited with Martha for the last customer (an old man with a veiny nose who filled the store with the stink of his pipe tobacco) to leave. Just then a rain shower fell. To pass the time, Gaby joined us to complain about don Bernal and the miserable wages he paid but, like her co-workers, she was scared of getting fired. Martha never participated in the gossiping.
Yola ordered us to leave. It seemed like gravel, rather than water, was falling on the store’s zinc awning. Every once in a while one of us would click a tongue, angry. We took turns like that for a long time until Yola and Gaby, thin and with the bags under her eyes poorly made up, ran to the bus stop. I stayed behind with Four Eyes. It was like being in front of the store window observing a mended shoe. I felt pressure to say something, anything.
“Where do you live?”
“Near the Viaduct.”
“Where do you catch the bus?”
“At the corner.”
I said good-bye without regrets but a few meters later something compelled me to turn around. Martha was gazing in my direction, adjusting her glasses, looking like she was going to wait there her whole life if necessary. I went back.
“It’s better if I stay, I don’t want to get soaked,” and then I fell silent, not having the heart to confront her gaze. Four Eyes had seen me leave nonchalantly.
Indifferent, with her knee she began to jog the supermarket bag in which she carried her smock and lunchbox. The rain let up. Martha turned toward one side of the street and the other then and suggested:
“Don’t you go that way? It’s going to get late.”
With a gesture I yielded to her. At the unsheltered bus stop my hair wound up soaked. Four Eyes covered herself with her bag. The bus finally arrived. Strangely, it wasn’t jam-packed. When we got on I went first and paid for both of us although that whole time we had behaved like strangers.
We rode standing up, surrounded by the usual people: most of them with faces like muggers, street vendors or sick people on the verge of a diabetic coma. The rest hunched in their seats, yielding to a heavy sleep.
More than once I discovered Martha looking at me out of the corner of her eye. I took advantage of one of those times to brush a withered leaf from her shoulder. It occurred to me to tickle her pink, earringless ear but I suspected she was aggressive with guys who were forward. I distracted myself thinking about what she did in her free time—I couldn’t remember having seen her even once getting out of the bathroom—and if she liked beauty magazines why didn’t she follow their advice?
I rang the bell a little before we arrived at the intersection where I would catch my one-peso bus. I said good-bye but she interrupted me.
“I’m getting off here, too,” and, giving me a gentle push, she hurried me out while she adjusted her glasses....
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J.M. ServÍn
J.M. Servín (b. Mexico City, 1962) has won prizes in both fiction and journalism. Among his works are the short story collection, Revólver de ojos amarillos (Yellow-eyed Revolver) (2002), from which “Six Eyes” is taken, and the novels Cuartos para gente sola (Rooms for Single People), Al final del vacío (At the End of the Void), and, after a long sojourn in the U.S. as an undocumented worker, Por el amor al dólar (For Love of the Dollar). D.F. confidencial: crónicas de delincuentes, vagos y demás gente sin futuro (D.F. Confidential: Chronicles of Criminals, Bums and Other People Without a Future),a book of reportage whose theme and tone are trumpeted by the title, was published in August of 2010.Gomorra
http://letrasexplicitas.com/
A estas alturas
se preguntará el lector de esta
colaboración por qué reseñar un libro que se publicó hace ya casi seis años.
Pues porque en estos tiempo aciagos del presente mexicano, no conozco una obra
periodística sobre el crimen organizado en nuestro país que alcance los niveles
de intensidad, involucramiento, emoción y fiereza narrativa desde dentro del
fenómeno mismo, como los que Saviano alcanza a lo largo de su libro. La
industria editorial mexicana ha llenado las librerías de obras y autores chatarra sobre el Narco y el
crimen organizado promocionados como “especialistas”; de reportajes y novelas
cuyo único mérito es colgarse de uno de los tantos filones de venta que da el
morbo. Ante tal cantidad de desperdicio, resulta difícil hacer una criba en las
mesas de novedades repletas investigaciones y ficción al vapor. Sin embargo, el
lector cuidadoso encontrará disponible gracias a su calidad y éxito de ventas
obras como la de Saviano para a través de un juego de espejos, entender mejor
lo que pasa en México y lo que comienza a convertirse en una economía y cultura
del crimen.
Una manera de
apreciar la valía de una obra literaria es no leerla al momento en que, como
una novedad en el mercado, la crítica se vuelca en elogios muchas veces injustificados.
Un libro que resiste el paso del tiempo se abre paso entre las montañas de
basura editorial para llegar a los lectores con toda su fuerza derrumbando
falsos prestigios.
Me pregunto si Gomorra (Mondadori 2007), de Roberto
Saviano (Nápoles, 1979), se ha convertido ya en un clásico del periodismo de
investigación criminal, con toda la
potencia de una novela negra. La Camorra napolitana, el “Sistema”, la lóbrega
cotidianidad del sur de Italia marcada por los usos y costumbres mafiosos que
corroen profundamente la estructura social, política y cultural de una región, son
desmenuzados a profundidad en esta obra a caballo entre el testimonio autobiográfico,
crónica policiaca y denuncia ecológica.
Saviano narra
con tono desencantado y por momentos rabioso la omnipotencia corruptora de una
organización criminal cuyas ramificaciones en todo el planeta la convierten en
una empresa transnacional. El libro se sostiene por una sólida base documental
producto de años de investigación y vivencias de Saviano como nativo de Nápoles,
y como colaborador en los periódicos L´Espresso y La Repubblica de Italia, y El País de España, entre otros medios
extranjeros.
Resulta
perturbador el recorrido de Saviano por Nápoles a veces desde una motoneta como
las que usan los sicarios para ejecutar a sus víctimas, y a veces a pie, como
un habitante más de una región donde la crueldad desmedida es sinónimo de poder
económico. El autor ha declarado en entrevistas que Gomorra trata
sobre una realidad que pedía ser contada no porque él pensara cambiar el mundo,
sino porque para hablar de su mundo debía hablar de la Camorra. La
reconstrucción de la lógica del poder mafioso coludido con el poder político y
empresarial se convierte en un delirante relato de un imperio delictivo, que
comienza y termina bajo el signo de las mercancías en sus formas más variadas
(videojuegos, relojes, ropa de marca). El puerto de Nápoles es la Gomorra desde donde se entrecruzan las
historias de miles de seres humanos que viven y mueren como carne de cañón de
los grandes capitales globales.
A estas alturas
se preguntará el lector de esta
colaboración por qué reseñar un libro que se publicó hace ya casi seis años.
Pues porque en estos tiempo aciagos del presente mexicano, no conozco una obra
periodística sobre el crimen organizado en nuestro país que alcance los niveles
de intensidad, involucramiento, emoción y fiereza narrativa desde dentro del
fenómeno mismo, como los que Saviano alcanza a lo largo de su libro. La
industria editorial mexicana ha llenado las librerías de obras y autores chatarra sobre el Narco y el
crimen organizado promocionados como “especialistas”; de reportajes y novelas
cuyo único mérito es colgarse de uno de los tantos filones de venta que da el
morbo. Ante tal cantidad de desperdicio, resulta difícil hacer una criba en las
mesas de novedades repletas investigaciones y ficción al vapor. Sin embargo, el
lector cuidadoso encontrará disponible gracias a su calidad y éxito de ventas
obras como la de Saviano para a través de un juego de espejos, entender mejor
lo que pasa en México y lo que comienza a convertirse en una economía y cultura
del crimen.
Saviano dice de
sí mismo que no es un periodista porque carece de la disciplina del cronista.
Se reconoce con la indisciplina del narrador pues el periodista tiene otros
objetivos, tiene que dar la noticia y contar los detalles de lo que acaba de
pasar y además debe respetar las exigencias de su editor. El narrador prescinde
de todo eso. Gomorra es el absurdo del dinero a manos llenas y el poder
desmedido, la pobreza humillante de millones de personas a merced de los
caprichos de un “Boss” (un capo); es también la historia de un fenómeno delincuencial
profundamente influido por los medios de comunicación y la sociedad del
espectáculo, cuyos involucrados imitan la manera de vestir y ademanes de las
estrellas del cine y de las figuras míticas del género de gánsters, incluido
por supuesto, Tarantino.
Tan lejos y tan
cerca del presente mexicano, Gomorra invita a reflexionar sobre la desmesura
del crimen globalizado y sus implicaciones con el poder político y financiero.
Qué difícil resulta no verlos como uno solo.
Gomorra es el
horror narrado en primera persona, como si fuera el diario de quien se sabe por
anticipado un condenado a muerte por aquellos que se sintieron traicionados y
exhibidos.
Nadie sabe dónde
se oculta Saviano. Ni si podrá escribir otro libro con la potencia de Gomorra.
Por lo pronto,
aquí seguiremos esperando una crónica de largo aliento sobre el crimen
organizado en México, que alcance los registros documentales de estremecedor
testimonio desde las entrañas del monstruo.
testimonio desde las entrañas del monstruo.
jueves, noviembre 22, 2012
martes, octubre 30, 2012
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