viernes, febrero 03, 2012

Publicado en la revista Nexos febrero de 2012

http://www.nexos.com.mx/?P=leerarticulo&Article=2102562


La que queda, es lo que escribo

Tenía treinta y cuatro años, vivía en Estados Unidos trabajando como bracero y con frecuencia me preguntaba qué carajos me impedía convertirme en escritor sin agotar mi energía con trabajos pesados y la monotonía adictiva de la rutina diaria. Algunos años después, ya en México entendí que para lograrlo necesitaba ordenar mi pasado lleno de vivencias y recuerdos angustiantes. Literatura es expresión, no manipulación de las emociones.
Como en aquél entonces, sigo viendo la vida como un inagotable circo de esperpentos donde de pronto aparece la belleza, sin que ésta signifique necesariamente un valor positivo, al contrario, muchas veces es comparsa de la maldad humana.
Para mí es fundamental sustraer de la cotidianidad (arduo trabajo de discriminación constante) todos aquellos elementos que la hacen insufrible, cruel y nos sumergen en el hastío. Sólo así puedo aspirar a que mis historias resulten verosímiles, de otro modo sería imposible narrar aquello que viví, que vi, que es absurdo y aterradoramente cierto. Me entrego a la desazón y al dolor de la misma manera en que me entrego al placer. Lo que queda, es lo que escribo.
Mi mirada es más escéptica que cínica. Me fascina hacer retratos de gente maleada o destruida por las ciudades. Retomo como elementos narrativos formas híbridas que combinan técnicas de la ficción y fuertes dosis de historia social, biografía, documentales y periodismo. Hemingway tenía mucha razón cuando afirmaba que la cualidad más esencial de un escritor es la de poseer un detector de mierda, innato y a prueba de golpes.
Como cualquier otra actividad humana, escribir es un oficio que implica cuando menos conciencia, emoción, pensamiento, percepción, memoria e inteligencia. Yo incluiría huevos y descaro. Su orden de importancia depende de cada quien. Trabajo en un estilo directo y descriptivo que no pierde de vista el sentido de la escena. Una piruja, un maleante o el oscuro encargado de una piquera: tengo que hacerlos tan reales como a un padre de familia que trabaja de sol a sol para mantener a su familia.
Desde la primera frase mi mayor reto es atrapar al lector, de otro modo huirá. En un país donde a muy poca gente le interesa leer, esto debería de ser como un mandamiento para cualquier escritor. No intentaría hacer una autoevaluación de mi trabajo pues aparte de prematuro (sigo buscando un modo de expresarme, un estilo) sería presuntuoso. Siempre estoy alerta de descubrir rasgos de vanidad e ingenuidad que tanto perjudican el oficio de escritor. Mientras menos aparezcan más cerca me siento de mi objetivo.
No hago mayores preámbulos para sentarme a escribir. Lo hago en cualquier momento del día si tengo el ánimo de hacerlo. Si descubro que no puedo, lo dejo y ya. Esto me ocurre con demasiada frecuencia, más de la que quisiera, pero así soy, el peso de mis temores suele ser más grande que mis ganas. Liberarme de esta carga puede llevarme horas, días, semanas o meses, durante todo ese tiempo lo único que me relaja es la bebida, pasear a mi perro en compañía de  mi mujer (ella también escribe y envidio la facilidad con la que se sienta frente a su computadora y teclea y teclea tac tac tac) o yacer durante horas en un sillón mirando al techo ajeno incluso al ruido constante de la calle. La rutina impide reaccionar a los pequeños fracasos acumulados con el paso de los años. El hormigueo en el estómago cada vez que me siento frente a la computadora es parte del vaivén que deja atrás mi pasado lleno de culpas. Cuando logro disfrutar de esa sensación y reconocer de dónde nace, puedo escribir sin bloqueos.
No me preocupa en lo mínimo la técnica, el chiste de este oficio es durar. Como todo boxeador consciente de sus limitaciones, me preocupa resistir al castigo y ganar por puntos tirando el mayor número de golpes posibles. Cuando escribo pienso en la disyuntiva entre el hombre civilizado y el heroico. El primero está conforme con su destino y fluye con él tanto si le ha ido bien en la vida como si no, es un ser religioso y comulga con los designios de su dios. El otro es un eterno rebelde, en conflicto con su entorno y niega cualquier causa para justificar su malestar con el mundo. Este es el tipo de personaje que me interesa: es impredecible, mercurial, peligroso para sí mismo y para los demás.
En mis historias elimino hasta donde me es posible ciertos elementos como lo fantástico y los excesos sentimentales. La observación rigurosa es indispensable para la reproducción fiel de la vida. Por lo tanto, me documento sobre el terreno, tomo apuntes sobre el ambiente, la gente, su modo de vestir y de hablar. El recurso del detournement situacionista me permite la apropiación de elementos existentes en mi entorno para recuperar historias cotidianas.
Soy del tipo de personas que siempre está en dificultades de algún tipo, en mi caso es algo que va de la mano con la escritura. Los apuros financieros y mi relación con las mujeres me han deparado toda clase de sinsabores y alegrías.
Así escribo. Sería un enorme fracaso ser recordado por el recuento de mis hazañas para mantenerme a flote en esta vida, y no por mis libros.

jueves, enero 05, 2012

Pancho Valentino " El confesor de curas"


Extracto del reportaje novelado que aparece en el Libro Rojo (continuación) Tomo II, coordinado por gerardo villadelángel y publicado en 2011 por el fondo de cultura económica


José Valentín Vázquez Manrique, alias José Izquierdo Domínguez o José Manrique Vázquez o Sergio Montes de Oca y finalmente Pancho Valentino, fue un ministro del demonio. En su biografía abundan el melodrama y los desplantes de justiciero popular, pero ello no lo hace encantador. Ni a la justicia ciega. Como hampón de poca monta, Valentino nos permite mirar al pasado sin suspiros nostálgicos. No bastaba su condena al infierno. El populacho, fatalista y mocho, pedía la pena de muerte para el Matacuras, abolida en la capital por el presidente Emilio Portes Gil en 1939.
La crónica policiaca de la época, reverente, folletinesca e ingenua, nos permite apropiarnos del horror bajo formas admisibles. Pancho Valentino profanó las leyes de Dios y de los hombres invocando a la provocación y al escándalo. Su historia da cuenta de un arrepentimiento fingido en un entorno donde la certeza yace bajo el cascajo de la culpabilidad colectiva. Pancho Valentino expuso la progresiva disolución social de un país abismado en sus mentiras. Y ha conseguido que el tiempo lo purifique.
Fue un protagonista de las verdades sutiles y formó parte del delirio estridente de los cautos.

Antecedentes

Durante la Navidad de 1956 dos mil policías vigilaban la ciudad de México, una urbe de casi cinco millones de habitantes. La ola de crímenes era tan intensa como hoy en día, pero resultaba más fácil ubicar los bandos. Las redadas eran frecuentes. Las barriadas y centros populares de reunión fueron los lugares preferidos para que la autoridad, enarbolada por Ernesto P. Uruchurtu –remedo gazmoño de J. Edward Hoover, director del fbi–, aplicara su tolerancia cero.
El 24 de diciembre, en la iglesia de Nuestra Señora de Fátima, ubicada en el número 107 de la calle de Chiapas, en la colonia Roma, un sacerdote teatino sermoneaba al rebaño que abarrotaba el templo. El padre Juan Fullana Taberner inspiraba confianza y ternura. Aunque nacido en Mallorca, España, tenía la nacionalidad estadounidense, pues a los treinta y cinco años había sido enviado por su congregación a Denver, Colorado. Radicaba en México desde 1952. De complexión recia y hablar pausado, anteojos y pelo cano, recordaba a José Mojica, el cura actor de melodramas de cine. Tenía sesenta y cinco años. Era muy aficionado a los toros y se le había visto acompañado en varias ocasiones del novillero Ricardo Barbosa Ramírez, de treinta y tres años, con el que asistía a la plaza México y al que le llegó a dar dinero para que adquiriera un traje de luces de segunda mano.
Barbosa Ramírez decía ser sobrino de José Moll, el otro párroco de la iglesia que en 1955 le obsequió cinco mil pesos para que viajara a Europa. Descendiente de portugueses ricos, Moll era un hombrecillo delgado, modoso, pequeño y con talento de predicador. Siempre dispuesto a dejarse estafar por Barbosa.
En la última banca del templo dos sujetos cruzados de brazos, vestidos como para seducir a las beatas asistentes, observaban a Fullana Taberner, a quien confundían con el padre José Moll, supuesto poseedor de una enorme fortuna. Disimulados, echaban un ojo a las mujeres jóvenes, recorriéndolas desde la punta de los tacones altos hasta donde desaparecía la curvatura de los traseros disimulados por los abrigos de invierno. Las imaginaban arrodilladas frente a ellos y tan contritas rogando por sus favores como parecían estarlo en sus rezos.
Pasadas las ocho de la noche, la misa terminó. Confundida entre los fieles, la sospechosa pareja abandonó el lugar y, según testigos, al igual que en otras seis ocasiones rondó por la cuadra.
Pancho Valentino nació en Pachuca, Hidalgo en 1919. A sus treinta y ocho años era fornido, de estatura media y voz ronca. En 1950, cuando otros a su edad piensan en el retiro, apenas destacaba como luchador profesional en arenas de provincia. Influido por su amigo Ricardo Barbosa Ramírez, subía al ring ataviado con una casaquilla de torero. Ganaba con cierta frecuencia gracias a su técnica, fortaleza, carisma y a su cada vez más popular “tope volador”, espectacular salto ejecutado desde la última cuerda directo al pecho del adversario. Sabía cómo enardecer a las multitudes, pero Salvador Lutteroth, el máximo empresario de box y lucha del país, dudaba en respaldar lo que aún prometía ser una redituable inversión.
Valentino sabía sacar provecho de su atractivo físico. Vivía de las mujeres, a las que golpeaba. Durante un tiempo presumió a la bailarina Andrea van Lisum, pero en agosto de 1952 pisó la cárcel luego de marcarle el rostro con una navaja en el restaurante Hollywood de la calle de Basilio Vadillo. Salió bajo fianza porque su ex esposa no levantó cargos.
Debido a sus antecedentes penales, que ya desde adolescente lo definían como un sujeto peligroso e inadaptado, le fue negada la licencia de luchador profesional. Deseaba vengarse del doctor Gilberto Bolaños Cacho, jefe de los servicios médicos de la Comisión de Box y Lucha del Distrito Federal y director del Tribunal para Menores, quien declaró que la medida se debía a su “alta peligrosidad”.
Pancho Valentino era un observador social compulsivo. Mientras se veía por debajo de los demás, su sentido de justicia lo ponía por encima. Cual prohombre, afirmaba que nunca sería un sumiso. “Quisiera ser como los grandes patricios: Juárez [sic], Zapata, Villa, Obregón, Cárdenas y otros que son los auténticos representativos de la Revolución.”
Tenía un hijo de cuatro años, José Manuel Vázquez Ordóñez, que le fue arrebatado bajo embustes a su madre Josefina en Ciudad Juárez. En la paternidad existe un componente de extrapolación emocional y afectiva tanto o más importante que el biológico. Quizá por ello José Manuel era el único ser al que Valentino profesaba amor verdadero, a diferencia de sus otros tres hijos con diferentes mujeres, de sus amantes y amigos. Ambos vivían en el hotel Terminal de San Antonio Abad, a unas calles de la estación de autobuses Cuernavaca-Acapulco, en el centro de la ciudad de México.
Desde 1938 Pancho Valentino estuvo preso quince veces. Robo, lesiones, allanamiento de morada, usurpación de funciones, violación y trata de blancas. En presencia de jueces o policías, su madre, Rosa Manrique viuda de Vázquez, repetía entre sollozos: “Debo decirle, señor, que siempre hemos sido muy pobres, pero honrados”.
En la penitenciaría de Lecumberri conoció a su amigo íntimo Pedro Vallejo, el México –“Me llaman así porque le hago al baile y a la pachuqueaaadaaa”–, y al ex púgil Rubén Castañeda Ramos, el Boxeador, quien diecisiete años después, en la vecindad de Tepito conocida como El Paraíso, en Fray Bartolomé de las Casas número 21, rehusaría participar en el asalto. “No es mi arpegio”, dijo. El México tenía nueve ingresos a prisión acusado de vagancia, robo, lesiones, trata de blancas y homicidio.
Para 1956 el Boxeador lucía avejentado por el alcohol y la mariguana. Su mirada extraviada, la bocaza de labios pulposos ocultando a medias la dentadura incompleta y la nariz embarrada en un rostro enorme daban nuevos bríos a la teoría del criminal nato de Cesare Lombroso, padre de la criminología. Con tal carácter, a sus cuarenta y tres años accedió a conseguir a “un muchacho decidido”, a petición expresa y mediante un pago de setecientos pesos. Fue así como el 23 de diciembre Valentino entró en contacto con Pedro Linares Hernández, el Chundo

domingo, diciembre 25, 2011

Publicado en el suplemento "Laberinto" de Milenio. 24 de diciembre de 2011



Mi padre no pasaría con nosotros la Navidad. Y todos lo sabíamos. Desde 1967 radicaba en Rosemberg, Texas, contratado como jefe de un taller de joyeros. Sólo venía un mes durante el verano pues en invierno el trabajo aumentaba.
Era diciembre de 1972, yo cursaba el tercer año de primaria e iba a la escuela a regañadientes. Llevábamos casi cuatro años viviendo sin apremios económicos gracias a los dólares que mi padre enviaba mes con mes en un giro postal o a través de los amigos que él había recomendado para trabajar “del otro lado”. No recuerdo otra época de mi infancia más desahogada, por primera vez mi madre no le debía dinero a nadie ni tenía que cocinar para otros, vestíamos ropa muy buena, nuestra dieta se hizo mucho más variada (ya casi no tomábamos café Legal endulzado con piloncillo) y jugábamos con juguetes muy hermosos que llegaban por correo en fechas como esta.
Mi padre era un joyero de primer nivel, respetado entre otras cosas, por honrado. Tenía un modesto taller en el número 57 de la calle de 16 de septiembre en el centro del DF. Era un edificio frío y oscuro con un elevador de rejilla plegable, manejado por un sujeto malencarado y cojo. En todos los pisos había talleres de joyería y sastrería. Mi padre tenía muchos amigos entre todos estos artesanos mañosos hasta para pagar las cuentas de las cantinas y billares que frecuentaban por las tardes, luego de terminar con su jornada de trabajo sin horario ni certeza de ganar algo de dinero. Quizá por ello vivir en medio del azar, sin planear nada porque la vida no da para eso, me sea tan natural.
Tony Becerra, “un pocho”, había venido a reclutar joyeros experimentados.  Alguien le había hablado del “maestro Lucio” y mediante una paga que parecía una fortuna, mi padre hizo sus maletas para iniciar su aventura en una época en que no tener papeles de trabajo no significaba el problema que es hoy. Mi padre negoció unos años de bonanza familiar sin hipocresías o engaños, hubo reciprocidad en ambas partes y por eso hasta el día de su muerte, profesó un respeto por los gringos que yo comprendí muchos años después, cuando trabajé como bracero.
Esa navidad mi madre nos contagiaba su congoja intermitente, sobre todo a los hijos mayores, que entraban y salían del pequeño departamento que rentábamos en la calle de Marsella, en la colonia Juárez, para ayudar en los preparativos de la cena de esa noche. Suspiros y más suspiros. Largos. Cuando había que salir a comprar un ingrediente de último momento, más sidra por si llegaba Floria a dar el abrazo (una amiga de mi madre, bebedora dura de tacones altos, vestidos de terciopelo entallados y ocupación incierta, cuya frase de siempre decía mucho sin revelar nada: “Tanta insistencia para tan poca resistencia.”), yo me avispaba para acompañar a alguno de los mandaderos, casi siempre Pedro o Tamayo, adolescentes libertinos que apenas y obedecían a mis padres. Sus programas preferidos eran “Rock a la Rolling” de radio Capital y por la tele “Alta Tensión”, un programa de videos musicales y deportes extremos donde disfrutaban de The Temptations cantando Papa was a rolling stooooone. A menos que se metieran al baño a fumar a escondidas, yo no me les despegaba, aprendía más a su lado que haciendo la tarea.
Algo raro había en el ambiente como para que en ese departamento habitualmente escandaloso, se apreciara el sonido estereofónico de la consola que tocaba un disco instrumental de Ray Mantovani y su orquesta, una de las preferidas de mi padre. Nostalgia, el vacío de una convivencia familiar rota por la ausencia del patriarca. Para distraerme un poco fui a molestar a la parvada de periquitos australianos que mi madre criaba en una enorme jaula frente a la ventana del tragaluz de la estancia. Un poco de barullo no vendría mal en esa Nochebuena donde todo era solemnidad.
Mi hermano Eduardo, menor que yo, dormía despatarrado en un sofá. No me atreví a despertarlo, pero en cuanto abriera los ojos, iniciaríamos la cacería de cucarachas que corrían por las orillas del piso de mosaico amarillo desde la cocina. Con unos cuantos bichos dentro de una caja de zapatos les arrancábamos las patas con mucho cuidado de que no se nos escaparan, luego yo sacudía la caja bien tapada antes de dejar caer por arriba de mi cabeza las cucarachas para que Eduardo se diera vuelo pisoteándolas a carcajadas. Los regaños, los sopapos y la lavada de cara y manos con agua fría valían la pena. Gozábamos mucho con ese entretenimiento que tanto asco le daba a mi madre y a mis hermanas. Mi madre había crecido en el Hospicio Cabañas de Guadalajara, nunca conoció a sus padres. A ello y a una infancia de privaciones prolongada a sus hijos debía su temperamento explosivo y voluble. Murió de un embolia a una edad en la que hoy en día a las mujeres maduras que conozco sólo les preocupa conseguir pareja o bajar de peso.
Esa Nochebuena habría regalos para todos y una cena deliciosa con mucha carne. Pero mi madre lloraría por el gran ausente y como cada mes por esas mismas fechas esperaría su llamada de teléfono. Nos acusaría a todos de nuestros alborotos y vagancia, le diría cuánto le hacía falta para controlar a una prole que no sabía vivir de otro modo más que en una competencia feroz entre sí. La diferencia de edades era un atenuante para sobrellevarnos unos a otros, que si no. Antes de despedirse de su “viejo” como si acabaran de ver Casablanca, mi madre permitía que uno de nosotros saludara a mi padre. Hola pá, sí pá, gracias pá, adiós pá.
Después, todos a cenar con esa hambruna crónica de los pobres. Brindamos conteniendo el llanto. Al momento de abrir los regalos Eduardo y yo apenas podíamos movernos de tanto comer. Como nos habían dado permiso de tomar un poco de sidra nos fuimos a la cama con los cachetes colorados, abrazando nuestros juguetes nuevos y con un leve mareo que nos hizo olvidar la ausencia de papá.




martes, noviembre 22, 2011

Erotismo dark

Nuestro querido amigo Francisco Oyarzábal, jefe de redacción de la revista Generación, publica un portafolio de fotografía erótica inspirada en las musas del movimiento dark mexicano. Contribuimos con un breve texto introductorio:



Ese oscuro objeto fotográfico

Se podría decir que Francisco Oyarzábal tiene un grave problema con las normatividades. El objeto (erótico) de su lente es no sólo la genitalia femenina, sino toda una parafernalia darky que rinde culto a lo necrófilo. La obsesión de Oyarzábal por la belleza femenina llevada a un punto extremo podría situarlo en un estado fronterizo de cordura como última barrera contra las manías obsesivas. Sus fotos podrían ser interpretadas como un catálogo de parafilias y pasiones excéntricas. Con un guiño a otro maestro de la fotografía erótica extrema, Araki; crueldad y dominio juegan roles complementarios en toda una estética que pondera la crudeza de unas cadenas enrolladas al cuelo o la cintura, unas bragas de cuero negro con estoperoles y alhajas inspiradas en herrajes de castigo. Nada de esto logra ni por un momento distraer la mirada del observador sobre un cuerpo voluptuoso que con cierto candor reafirma la belleza de la raza de bronce. ¿Erotismo o pornografía? Nada de esto explica la profunda reverencia del fotógrafo hacia la belleza femenina y sus posibilidades transgresoras dentro de un mundo donde se ha globalizado la minoría de edad, con todo lo que esto implica. Siempre desde la periferia, fotógrafo de planta de la revista Generación, editor y traductor de escritores con los que comparte mirada y actitud, Oyarzábal celebra el cuerpo femenino desde uno de sus lados más oscuros y cachondos. 

martes, noviembre 08, 2011