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miércoles, julio 15, 2009

El impacto de la delincuencia en la modernidad de la ciudad de México

Una manera de comprender en mayor profundidad la convulsionada realidad actual de México, es aproximándonos a la transmisión de los símbolos más perturbadores. La nota roja periodística es uno de ellos, por su trascendencia como testimonio de un proyecto de nación fallido desde su génesis. La prensa mexicana que iniciaba su modernidad técnica a principios del siglo XX, se desarrolló en un contexto político de dictadura. El capitalismo naciente, cobijado por el porfiriato, favoreció la explotación de la mano de obra y justificó la construcción de un amplio aparato represivo: un ejército disciplinado y profesional y nuevos cuerpos policiacos para la vigilancia, organización y mayor control de los espacios públicos. Todo esto propició una violencia social muy peculiar a través de reglamentarismos y puniciones severas contra el pueblo, que resistió trasgrediendo la ley de diversas maneras, muchas veces radicales, violentas e ingeniosas que subsisten adaptándose a los tiempos.

Hoy en día el crimen y el escándalo tienen un papel decisivo como plusvalía en la industria de la información y el entretenimiento globalizados que, en México, determinan en buena medida nuestra voluble conciencia de lo que somos.

Las fotografías de El Impacto de la Modernidad de Jesse Lerner (Turner-Conaculta-INAH, 2007), extraídas del Archivo Casasola y de publicaciones policiacas, muestran seres y ambientes sin memoria ni abolengo, hijos de la fatalidad y de las estadísticas; extraviados en el limbo del tiempo, que recobran su alma y presencia entre los vivos, a través de fotografías que datan de mediados del siglo XIX como registros fenotípicos y antropométricos de delincuentes y pobres tal y como lo dictaba el darwinismo social, y a finales del mismo siglo, la naciente escuela criminológica positivista creada por Cesare Lombroso. Durante las primeras décadas del siglo XX, la fotografía criminal se ocupó de las dramatizaciones de testigos y detenidos y pocas veces  del registro directo de la tragedia del momento. Las explicaciones y estigmatizaciones a las conductas desviadas de la plebe, corrieron por cuenta de sociólogos y abogados como Julio Guerrero, que en La Génesis del crimen en México: Estudio de psiquiatría social, publicado en 1901, afirma que la delincuencia se encubaba “entre aquellos derrotados por la vida”.  Hubo que concluir el conflicto armado de la Revolución y con éste la consolidación del periodismo como el “quinto poder”, para que el fotógrafo de crímenes adquiriera identidad propia en la incipiente y vergonzante (pero cada vez más redituable) nota roja de los periódicos y revistas especializadas.

Cadáver con pistola Como si hubiera de fondo un melancólico conjunto de cuerdas ejecutando una marcha fúnebre, las imágenes brutales y fascinantes de El Impacto de la modernidad, al igual que los ensayos que las contextualizan, invitan a una profunda reflexión sobre la trascendencia de la memoria iconográfica en nuestra relación con el aquí y el ahora, más allá de la finalidad ideológica original, lombrosiana, de las fotografías.

La tragedia cotidiana recuperada en su grandiosidad inagotable como elemento transgresor, deja de ser parte del inventario judicial y herramienta del control social. El Impacto de la Modernidad disecciona la construcción de nuestra identidad a través de los estereotipos raciales como objeto de repugnancia, vergüenza, y compasión. Es preciso hurgar en el cometido original de las fotografías, para entender los usos e interpretaciones del cuerpo en la génesis de la criminología mexicana y su relación con el periodismo sensacionalista.

La obra de Lerner se inserta de manera afortunada dentro de una rara estirpe de publicaciones documentales, más o menos recientes en México, que exploran la fotografía judicial con el rigor y mirada de las vanguardias artísticas. El caos y el pavor que sombrean la historia de los bajos fondos mexicanos pueden apreciarse en Yerba, goma y polvo de Ricardo Pérez Monfort (Era-Conaculta-INAH, 1999), y en El Teatro de los Hechos de Enrique Metinides (Gobierno del Distrito Federal, 2000), quien ha llevado a niveles de excelsitud esta clase de testimonio judicial gráfico que bien podría llamarse “arte lombrosiano”.

El carácter evidente de las costumbres, el hecho de que el cuerpo se presente como entidad obvia –pura realidad- resultado de un largo y complejo proceso de identificación incuestionable, otorga una diferencia natural entre los sexos y los procesos de exclusión a que dan lugar; a las distinciones entre niños, jóvenes y ancianos, lo mismo que hace innecesario aclarar las diferencias entre grupos étnicos y raciales, rurales y citadinos, pobres y ricos, feos y bellos. A decir de Lerner “La fotografía criminalística del Archivo Casasola, que circulaba ampliamente en periódicos y revistas especializadas en la materia, tuvo un papel decisivo  en la creación y definición de la angustia con la que México entraba en el mundo moderno”.

La nota roja es un anfiteatro donde vemos al cuerpo supliciado, torturado, desmembrado y subordinado a minuciosos dispositivos y disciplinas que lo cercan, lo marcan, le imponen signos, usos y funciones; se ve sometido a una sociedad disciplinaria que emplea técnicas, procedimientos y discursos para formar (y deformar) individuos e identidades. En esta extensa red de relaciones cuerpo-individuo, espíritu y materia son actores principales, cuyo único papel es padecer o ejercer poder.

En la escena que presencian los mirones y los peritos, está el cuerpo concreto, real, el que cobra soberanía a través del delito y la contundencia de un acto sin palabras. Es la cristalización o lo diezmado de éstas, por más que la narración policiaca de no ficción otorgue al suceso una fuerza expresiva teñida de humorismo involuntario y adjetivaciones espectaculares que brindan un contexto narcisista al crimen, pero sobre todo a la víctima y al criminal. Es posible que la víctima objetive la instancia de la ley, pero como castigo al otro. Es posible que su presencia objetive su identificación con la ley, con la ley implacable que castiga al otro por sus faltas y pecados, incluso con saña. El cuerpo del criminal aloja en sus acciones, en su delito, la presencia cruel del superyo endiosado. El cuerpo como delito también hospeda la culpa que se castiga decididamente (o por lo menos idealmente) en el otro. La impunidad y la “justicia” aparecen como metarelato subyacente en la investigación histórica.

torre de guardia en Lecumberri Tal y como lo expone El Impacto de la Modernidad, en la fotografía criminal no existe un diálogo entre la lente y su objeto, aquélla sentencia sin apelación. En su cercanía, la imagen señala al objeto que enfrenta el escrutinio y jamás verá el resultado. El trípode de la cámara del registro policial, es también frío legista de muertes condenadas al anonimato casi siempre, pero que trascienden el tiempo a través de interrogantes: ¿Quién era el muerto?, ¿Por qué murió?, ¿De qué vivía?, ¿Vivía donde lo mataron o sólo fue a encontrarse con su destino? La lente, muchas veces por arriba de su objeto y encubierta por la explosión del magnesio, otorga al efecto condenatorio, el aura reservada a las divinidades.

Hasta hoy la fotografía judicial reproduce el modelo darwiniano de la evolución de la especie y la teoría derivada de ésta, propuesta por Cesare Lombroso (seguidor del naturalista inglés, pero sobre todo del sobrino de éste, Sir Francis Galton con sus teorías de la eugenesia) sobre el criminal nato; estigmas que en nuestros días resultan mascaradas de lo obvio: pueblos completos victimizados. Confinada a lo más denigrado y denigrante del periodismo impreso, la fotografía criminal registra la adrenalina inmovilizada, el crimen y su castigo antes que todo moral: ya que éste pasa por un largo y muchas veces interminable proceso -en el sentido kafkiano- de ventilación que hace del delincuente y del aparato judicial una metáfora de la atemporalidad.

Las imágenes de El Impacto de la Modernidad prefiguran sin proponérselo un estilo y el agudo sentido de tragicomedia que en las décadas siguientes con toda intención, fotógrafos como el ya mencionado Metinides elevarían al rango de epopeya. El crimen y la muerte nunca pierden su mórbida fascinación con el paso del tiempo.

Al revestir la tragedia de un halo religioso, aceptamos la omnisciencia del Mal en el doble castigo –exclusión y escrutinio público- a los trasgresores de los preceptos divinos. Las fotografías, en su papel de obituario y purgatorio, adquieren interpretaciones extraordinarias por sus detalles útiles a la ética policial que antepone el orden a la vida. El fotógrafo y su cámara funcionan como ministerio público de una mayoría silenciosa, condenada a servir como “ejemplo” a la vez que constata la eficacia de las fuerzas del orden. Con la fotografía, el sujeto es aprehendido como parte de la infalibilidad de la ley y del axioma: “el crimen no paga” (aunque los hechos demuestren que sí, y que muchas veces vale la pena correr el riesgo).

La vulnerabilidad del delincuente y de la víctima, convertidos en modelo, realza el impacto atemporal del melodrama sangriento en un solitario y elocuente testimonio en blanco y negro.

 

El impacto de la Modernidad, fotografía criminalística en la ciudad de México. Jesse Lerner, Turner, CONACULTA, INAH. 2007.

sábado, mayo 23, 2009

Tiempo de Literatura Mexicali 2009



(fotografías de Bibiana Camacho)

Encuentros

Un encuentro de cualquier tipo supone una aventura interminable que genera conflictos emocionales cargados de adrenalina. Significa trabajo duro con uno mismo para sobreponerse al miedo a lo desconocido y a todo aquello que construye nuestros prejuicios y certezas, de otro modo sería imposible asumir el riesgo de vivir plenamente el aquí y el ahora.

Desde donde se le aborde, un encuentro es terrorífico, fascinante e inolvidable aun cuando encontremos similitudes e intensidades con otros anteriores.  La vida es un dejà vu continuo. Cada quien madura su experiencia diaria apostando a la riqueza inasible del recuerdo personal. Los hechos vividos acumulan lentamente las memorias que registran nuestro paso por el mundo. En este sentido, la literatura en sus distintas manifestaciones, nos ayuda a interpretar y dar sentido al vacío de la existencia. Es un medio de expresión generoso y exigente para introducirse en la complejidad de las emociones humanas. A veces, a través de la disidencia de opiniones; a veces, mediante el diálogo y la interlocución con el buscado e indefinible destinatario de nuestro mensaje.

Un hombre puede cometer muchos errores a lo largo de su vida sin tener que arrepentirse. Otra cosa sería si el remordimiento le impide ir en pos de un suceso que pudo cambiar su suerte. Básicamente creo que hay dos tipos de individuo, el que va al encuentro de sí mismo asumiendo los riesgos que conlleva, y quien prefiere refugiarse en la indolencia de lo que solemos llamar “destino”.

Jamás hubiera elegido a la literatura como experiencia de vida de haber optado por lo segundo. Todos los días me descubro a través de la ciudad de México: desquiciada, brutal y fascinante. Es parte de mí. Mi obra es eso y no otra cosa: una sucesión de encuentros conmigo mismo. Moby Dick y Trópico de Cáncer me llevaron a New York, Germinal y Viaje al final de la noche a París. Viajando aprendo más de mí mismo, me siento agasajado, instruido y vivo. Es una experiencia sensorial que anula cualquier cálculo. Por menos que un suceso cualquiera pueda cambiar nuestra vida, siempre tendrá el excitante elemento de lo insospechado.

Los hombres tendemos a dejar atrás el humo negro del presente para ir más allá del tedio. Muchas veces me he preguntado a qué voy a un encuentro de escritores, según yo, casi todos se parecen (los escritores y los encuentros) en su fastidiosa e incesante exhibición de talentos pequeños y petulancias monumentales. A pesar de ello, la decisión de asistir la influye mi apuesta por una variante que abra puertas al hallazgo.

Al igual que en su primera edición en 2008, Tiempo de Literatura en Mexicali ha reunido voces e intensidades diversas y comprometidas con sus propios proyectos literarios y editoriales, ajenos a los intereses y centralismo de la oficialidad cultural. Desde aquello que los distingue como creadores, los participantes marcan una saludable distancia de las cortesanías como recurso escalafonario.

Por fortuna, hace ya algunos años que los encuentros literarios independientes han proliferado en todo el país; tienen la cualidad de confrontar mundos complejos y diferentes entre sí, están llenos de significados y próximos a nuestras inquietudes más legítimas. Cada vez son más plurales y algunos, como éste de Mexicali, sumamente divertidos. La ausencia de convenciones le asegura hasta hoy la intensidad del fuego de lo profano. Podría parecer una obviedad, pero pocos eventos de su tipo reúnen tal entusiasmo. Sin embargo, siempre hay el riesgo de sucumbir al acoso de los farsantes. Bukowski decía que los escritores son los más difíciles de soportar en página o en persona. Y son peores en persona que en página, afirmaba. No hay que tomarlo a la ligera.

El clima y sus rigores es en lo que menos pensamos al ir tras una experiencia iniciática. Una ciudad fronteriza como Mexicali me lleva a reflexionar sobre el vacío nuclear de toda vida asolada por el desierto circundante. Con su dinámica extrema pero sin estridencias, es una inmersión incesante a lo impredecible. Sin embargo, la Auténtica Mafia Literaria (irónica rúbrica al despropósito que anima su proyecto), representada por Elma Correa, Esmeralda Ceballos y Samantha Luna, es responsable de que Mexicali, una vez al año, sea menos agreste, ajena e inhóspita no sólo a los fuereños, sino a la propia literatura.

La tarea de escribir esta presentación habría sido mucho más sencilla si pudiera enumerar cada uno de los momentos de camaradería y generosa hospitalidad que recibimos los participantes. Según Lawrence Durrell, comprender la intención lo es todo. Al igual que la mejor literatura, los mejores encuentros dedicados a ella sacan a la luz los elementos conflictivos de la intimidad del hombre ( hey, miren, éste soy yo, no hay nada más que ocultar); son al fin y al cabo, parafraseando a Henry Miller, una inmejorable oportunidad para encontrar la paz, lo mismo con el amigo que con el adversario o el resentido; de aceptar gozosa y plenamente, lo peor de uno mismo como único medio seguro de transformar a nuestro favor, la bestia que habita en las profundidades del alma humana.



martes, mayo 19, 2009

Salón del libro de París (fotografías de Bibiana Camacho)

Guillermo Quijas, director editorial de Almadía. Así como lo ven,  a él le debemos la oportunidad de asistir al Salón du Livre


















Las caras lo dicen todo: En el departamento del barrio de Belleville, con Alberto "El Negro" Ibañez y Guillermo Quijas (de pie)

Camaradería y alcohol son hermanos siameses. Siempre andan pegados.
Jack London
Memorias alcohólicas







Con Brigitte, mi editora en Les Alussifs

Bibiana y yo, bien crudos,  detrás del stand de Les Allusifs











Mi traductor y amigo Robert Amutio

Tuve la oportunidad de asistir al Salón du Livre de Paris celebrado en marzo de 2009. No fui invitado oficialmente pese a que soy miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte y a que tengo una novela recientemente traducida al francés. Debo suponer que Les Allusifs, la editorial quebequense que publicó Cuartos para gente sola en enero de 2009, no cumplió a tiempo con los protocolos que me harían digno de atención para el Centro Nacional del Libro Francés y CONACULTA. Dicen que santo que no es visto no es adorado. Sin embargo, hice el viaje gracias al apoyo financiero de Almadía, la editorial oaxaqueña que tiene los derechos de esa obra en español.

  Durante una semana París celebró la literatura mexicana. El evento fue dedicado a México, y el país anfitrión realizó una esmerada difusión y cobertura mediática no sólo sobre los más de cuarenta escritores invitados oficialmente bajo la premisa de tener por lo menos una obra traducida al francés, sino del contexto social y cultural de México.

Con mi visita pude corroborar que la mayoría de los escritores mexicanos asistentes tenían sobrados méritos para representar al país. Muchos de ellos con más de un libro en las editoriales más importantes de Francia. Fui testigo de la nutrida asistencia a la feria, de la insólita reventa de boletos a la entrada del Salón en Porte de Versaille; la organización impecable y educada, el interés que provocó la literatura mexicana reflejada en los más de 22 mil títulos vendidos tanto en francés como en español de las obras disponibles, y de las atenciones a los escritores invitados. Incluso el clima, inusualmente soleado y fresco para esa época del año, parecía parte de las atenciones de los organizadores.

Por ello mismo me extraña la escasa difusión de los medios mexicanos para un evento de tal importancia, al desaprovechar esta oportunidad. Más allá de algunas notas informativas, de puntos de vista de algunos escritores como parte de miniencuestas y de las crónicas entusiastas de Proceso 1682 y 1690 correspondientes a enero y marzo respectivamente, no hubo nada que realzara la importancia de un evento literario con prestigio internacional con México por primera vez como invitado de honor. Creo que era una oportunidad de contraponer la imagen negativa que tiene el país internacionalmente, sobre todo tomando en cuenta que en plena semana del Salón du Livre, se discutía en ambos países el caso de Florence Cassez, la presunta secuestradora francesa condenada a 60 años de prisión en México.

Recorriendo las sofisticadas librerías de Saint Germain de Prés constaté que en sus aparadores se exhibían libros y fotografías de autores mexicanos, del mismo modo, en París abundó la publicidad del evento. Lo anterior haría pensar que esto llenaría de orgullo a las editoriales y autoridades culturales mexicanas y que semejantes atenciones darían material de sobra para la prensa cultural.

Sólo canal 22 hizo cobertura del Salón du Livre y se centró en algunos escritores como Jorge Volpi. Creo que no hace falta preguntar por qué.

Lejos de quejarme, sólo preguntaría a qué se debió lo que considero una desatención imperdonable de los medios mexicanos. La sala de prensa del pabellón de México siempre estuvo repleta de reporteros de radio, televisión y prensa escrita franceses, entrevistando a los escritores invitados. Durante una semana la literatura mexicana tuvo una relevancia que ni en México se le otorga, pese a las innumerables ferias de libro, congresos de escritores y etc. No es cuestión de cantidad o de cumplir con determinadas cuotas presupuestales y burocráticas, sino de calidad y propósitos claros. Como bien dijera en entrevista a Proceso 1682, Mónica González Dillón, funcionaria de CONACULTA, en ningún lugar del mundo es fácil ser escritor, tampoco en México, por lo que es momento de darles lugar. 

Para dar un ejemplo, tan sólo por la eficacia y profesionalismo del área de prensa de Les Allussifs, una editorial pequeña pero con un muy buen catálogo de autores de todo el mundo; días antes de que comenzara el evento mi libro ya había sido reseñado en varias revistas, suplementos culturales, programas de radio y televisión; y a mi llegada a París fui objeto de un número similar de entrevistas y distinciones de parte de medios importantes de radio, televisión y prensa escrita, sin contar con que una crónica mía sobre “La Mataviejitas” fue traducida por un importante semanario francés y presenté Chambre pour personnes seules en un auditorio repleto del Salón du Livre, acompañado de dos prestigiosos académicos franceses especializados en literatura mexicana. Ahora sí entendí lo que significa que nadie es profeta en su tierra.

JUEVES, MARZO 26, 2009

J.M. Servín

J.M. Servín
Vídeo enviado por slal

entrevista durante el Salon du Livre de Paris 2009

www.ameriquelatine.msh-paris.fr


De manera similar fueron tratados los demás escritores según su grado de importancia y publicación en sus editoriales francesas. Más no se puede pedir.

Por lo mismo quedó exhibida la pedantería y arrogancia de los enviados de Canal 22, cuya cobertura se esmeró en captar todos y cada una de los desplantes y monerías de sus favoritos y patrón, quienes a su vez se encargaron de hablar por un país como si fueran emisarios oficiales del gobierno y la cultura de México. ¿Quién se los pidió? ¿Quién les otorgó semejantes funciones? Álvaro Cueva lo expone así en su columna de Milenio del 20 de marzo de 2009, refiriéndose a la cobertura de Canal 22: “Qué personajes más egoístas y sangrones. Cómo se nota que la mayoría de ellos lo único que les interesa es lucirse, presumir su sabiduría y despreciar cualquier cosa que se venda o que salga de sus esquemas elitistas. (…) Pero para desfiguros el de Jorge Volpi (…) en Francia se puso a hablar a nombre de Once TV México y de toda la televisión pública de nuestra nación”.

Durante una entrevista para Radio France Internacional










Alexandre Sánchez, una bella asistente editorial de Les Allusifs; paciente traductora durante las entrevistas a medios

Como país atrasado a niveles indignantes, creo que somos presa de un incurable resentimiento que provoca toda clase de protagonismos y descalificaciones según se presente la oportunidad. A ello atribuyo el escaso interés de los medios informativos nacionales en su seguimiento del Salón du Livre.

Los escritores mexicanos tenemos una bien ganada fama de engreídos y amafiados, y bien ganado tendríamos también el desinterés de los medios en cubrir presentaciones de libros y demás. Pero en el caso al que aludo es diferente y sólo hasta cierto punto entiendo la falta de empatía de los medios, aun cuando realmente vale la pena destacar  los logros de un grupo de individuos que han arriesgado por un proyecto de vida destinado, salvo excepciones, al fracaso en un país donde la lectura es un estorbo. Quizá de ahí el cinismo y las politiquerías que se respiran en la provincia mexicana de las letras. La venta, según reportes extraoficiales, de más de 22 mil ejemplares en menos de una semana de feria del libro en París no pareció impactar a nadie, será porque los escritores actuamos en el entendido de que no vivimos de nuestros libros y un acontecimiento de venta colectiva como el presenciado en Francia, no nos dice gran cosa, pese a que tal cantidad es casi imposible de alcanzar por los más de cuarenta invitados durante un año de ventas en las librerías de México.

Me queda la duda, entonces, de saber qué escritores mexicanos provocan un verdadero interés más allá de nuestro país, y si acaso son leídos como para presumir unas regalías constantes y jugosas que justifiquen tanta arrogancia en algunos escritores presentes (incluso como colados) en el Salón du Livre. Sus desplantes de diva están muy por encima de su obra. Bukowski tenía mucha razón cuando afirmaba que la escritura atrae a los farsantes. ¿Qué será?, se preguntaba en el ocaso de su vida: “Los escritores son los más difíciles de soportar, en la página o en persona. Y son peores en persona que en la página, y eso es bien malo”.

Descubrí a algunos de ellos muy ufanos en llamar la atención como si hubieran sido invitados a la corte de Versalles, sólo les faltaba un pañuelillo de seda y el rapé. Un escritor es un hombre como cualquier otro, y su actitud ante la vida no explica su escritura, ni la hace trascendente. Durante esa semana en París me di cuenta y de lo mucho que hace falta saberlo.

Confirmé lo fortuito y misterioso que resulta tener éxito y lectores, y que si me mantengo alerta quizá algún día terminaré de comprender por qué la arrogancia, cuando no es transmitida por los dioses, sólo hace más evidente la presencia de los impostores. 


lunes, mayo 11, 2009

Publicado en El Ángel de Reforma, 10/05/09


Epidemia en la ciudad de las distopias

(fotografías de Bibiana Camacho)

No hay nada más asombroso en este país que su capacidad para convertir el miedo colectivo en una pretendida alianza solidaria entre gobernantes y gobernados. Lo que comienza como una alerta máxima de seguridad nacional, se transforma en una comedia de enredos pues las autoridades, en su afán de convencernos de la pertinencia de sus decisiones, sólo incrementan el desconcierto y el malestar generalizado, debido a las incongruencias entre la realidad inmediata de las mayorías respecto al sacrificio que se les pide.

Desde que el Secretario de Hacienda Agustín Carstens diagnosticó como un “catarrito” los efectos de la recesión económica mundial en México, pareciera que el alud de contingencias que azota al país, es provocado por un mal fario.

De pronto, la ciudad de México despertó el 23 de abril con la estremecedora noticia de que un virus de influenza porcina, desconocida hasta entonces, se propagaba como epidemia, obligando a las autoridades federales y locales a imponer severas medidas sanitarias. Gobernantes y gobernados se identificaron compartiendo su pánico a través de una impresionante e inédita campaña informativa que acaparó los espacios de todos los medios de comunicación.

La insoportable arrogancia de una clase media pretendidamente informada contraatacó con burdas teorías conspiracionistas: Un ataque terrorista biológico que buscaba matar a Barack Obama en su visita a México; el Gobierno de Estados Unidos busca apoyar, con una epidemia inexistente, a la economía de su país o a las grandes empresas farmacéuticas; ocultar los problemas que sufre México y fortalecer al PAN en las elecciones del próximo mes de julio; una conspiración del Gobierno mexicano y los medios de comunicación para ocultar, al contrario de la versión anterior, la gravedad de una epidemia incontrolable que ha dejado millares de muertes; una conspiración de los productores de res (o de pollo) para afectar a los porcicultores.

Por si fuera poco, el lunes 27 de abril  antes del mediodía, un temblor de 5.7 grados Richter, sacudió a la ciudad de México. Estaban dados todas las condiciones para que la paranoia colectiva apoyara las apresuradas y arbitrarias medidas de ambos gobiernos. Durante los primeros días de la contingencia, los capitalinos convirtieron los cubrebocas en un codiciado accesorio de moda. A pesar de que los mentados trapitos azules son inútiles pues su porosidad permite fácilmente el paso de las partículas y además es poco viable que el virus pueda transmitirse por el aire sin estar en contacto con alguna superficie, así lo reconoció Miguel Ángel Lezana, director general de Vigilancia Epidemiológica y Control de Enfermedades de la Secretaría de Salud. Si acaso, los protectores han cumplido una función simbólica de reprimenda a nuestra manía de opinar y hacer juicios a la ligera de todo, tal y como lo hacen los verborreícos líderes de opinión de radio y televisión, especializados en cualquier tema a fuerza de subir el rating.

-Me preocupa que no haya pasaje, lo demás me vale madre. El que tiene que morir morirá, ¿a poco no, joven?

Comenta un taxista que me lleva a la desolada colonia Roma la tarde del jueves 30 de abril. 

No le falta razón al chafirete. Ante lo que ocurre cotidianamente en la capital del país, la epidemia de influenza conocida ahora como AH1N1 y de cepa mutante, es una calamidad más en una ciudad que desde su fundación ha sobrevivido a terremotos, pestes, invasiones armadas, delincuencia, debacles financieras, corrupción e impunidad.  El chilango es un sobreviviente nato que al igual que el resto de sus compatriotas, tiene una alta resistencia al castigo que lo lleva a tomar riesgos innecesarios y menospreciar sus consecuencias. Su aparente valemadrismo disimula su identidad con una cultura altamente religiosa que pondera el sacrifico y la resignación. Nuestros gobernantes lo saben.

Durante los primeros días de emergencia sanitaria recorrí a pie buena parte del Centro Histórico en busca de tapabocas y alcohol medicinal. Pese a las afirmaciones del gobierno local y federal de que el abasto de estos productos estaba garantizado, en todas las farmacias que encontré había anuncios de cartulina que contradecían el optimismo oficial. Las compras de pánico, el acaparamiento y los abusos eran de esperarse. Fue hasta el miércoles 29 que conseguí los profilácticos en un “Sumesa” de la colonia Juárez. En la calle, ante la complacencia de tirios y troyanos, dos franeleros vendían a la discreta las telitas, ocultas en una bolsa negra de supermercado.

De común acuerdo, los gobiernos federal y del DF restringieron las actividades sociales y comerciales. Obligaron el cierre temporal de restaurantes, bares y giros similares. Para cuando el presidente Calderón dirigió un efusivo mensaje a la nación en cadena nacional, conminándola a quedarse en casa y aprovechar el tiempo con la familia, los millones de televidentes ya sabían a qué atenerse. Sólo que esta vez, el miedo a lo desconocido y la incertidumbre, más que la conciencia ciudadana, fue determinante para aplicar eficazmente las medidas al vapor.

El asueto obligatorio se confabuló con el puente del 1o de mayo para inmovilizar la ciudad. Orson Wells estaría fascinado. Ambos gobiernos (federal y capitalino) se atribuyeron facultades excepcionales fundamentando un consenso a través del miedo. Hay que tener claro que una cuarentena no cura a nadie, pero contribuye a evitar que la transmisión de la enfermedad se propague. De cualquier modo se estima que generalmente el 10% de la población la viola.

Para los capitalinos la vida está en las calles y resulta comprensible que haya quienes se resistan a un autoarraigo domiciliario. Durante un recorrido en el primer cuadro de la ciudad que incluyó la zona de la Merced, llamó mi atención los cientos de paseantes con actitud desganada y semblante aburrido. Para entonces, ya ni las prostitutas de Circunvalación usaban tapabocas. Los comercios cerrados, el sol agobiante y una desangelada y poco concurrida manifestación con motivo del 1º de mayo frente a Palacio Nacional, solo hizo más deprimente la respuesta a la alerta sanitaria. En la plancha del Zócalo algunos trabajadores terminaban de montar una enorme carpa blanca, parecía un funesto presagio de lo que se avecina: un hospital móvil para atender víctimas de la epidemia.

“El Consorcio” es una cervecería en la avenida Bucareli, a un lado del edificio donde vivo, a unos pasos de la secretaría de Gobernación. Da servicio continuo todo el año, aun durante los frecuentes cierres de calles por plantones y marchas. Bromeando, yo aseguraba que sería el único lugar abierto después de la Hecatombe. Me equivoqué, el sábado 2 de mayo sus cochambrosas cortinas presumían unos flamantes sellos de clausura.

¿Qué queda de una ciudad donde se prohíbe la celebración y el festejo? El orden restrictivo como su contraparte brutal y angustiante, inhibe las manifestaciones carnales de amor y amistad a riesgo de morir  por un contagio viral. El manejo informativo de la epidemia nos ha hecho sentir inermes ante la adversidad, a menos que seamos obedientes, pero esto no significa un triunfo de nuestros gobernantes ni de la sociedad civil.

La desolación en las calles fue para algunos una oportunidad de disfrutar del trino de los pájaros y el aire aceptablemente limpio. Pero también permitió apreciar el descuido de plazas y jardines, infestados de basura y refugio de indigentes que a nadie importan. ¿No deberían ser ellos las primeras víctimas de una epidemia?

Un vendedor de barbacoa en la calle de Pugibet, se quejaba:

-Ahora tenemos que escondernos hasta para comer.

Así es amigo, pensé, es la pesadilla totalizadora en el país del taco callejero.

Pese a su fama de cínicos e indolentes, los chilangos aceptaron de buen modo la contingencia. Sin embargo, quedó en entredicho la reputación de una capital mundialmente conocida como vibrante y desparpajada, donde la endeble legalidad es tan sólo un estimulante del ocio transgresor. Por el momento, triunfó el control y la vigilancia omnisciente. La simulación y el miedo obtuvieron el consenso mayoritario. Otra clase de desquiciamiento nos espera. La pesadilla orwelliana encontró campo fértil en la capital que lleva amplia ventaja a cualquier especulación futurista.


 

 

 

 

 

 

lunes, mayo 04, 2009

Publicado en la revista Emequis 170, mayo 2009


Visiones del fin del mundo

El futuro es un concepto anacrónico en un país como México. Este país ha rebasado con holgura las predicciones apocalípticas más aventuradas. En él coexisten la epidemia y la barbarie. El futuro se convierte todos los días en un cuadro costumbrista. Los alcances de una epidemia de influenza o fiebre porcina han puesto a los habitantes de este país dentro  de un escenario que rebasa la imaginación de cualquier novelista. La ciudad de México incuba la distopia. La habitan una vasta galería de inasimilables, que han convertido en símbolo de identidad su lucha por la sobrevivencia cotidiana. Al cuadro anómalo sólo le faltaba un virus de la magnitud del que se propaga en estos días, para que la paranoia nacional justifique cualquier teoría conspiracionista.

Las grandes crisis económicas se parecen a las epidemias virales, pues ocurren cada cierto número de décadas y nadie sabe con precisión cuándo se producirán. Si la epidemia de influenza en México llegara a tomar las dimensiones de la “gripe española” que azotó al mundo en 1918 y causara entre 40 y 50 millones de muertos, equiparable al de los muertos en la Segunda Guerra Mundial, el país se convertiría en un deambulatorio de almas en pena con tapabocas, sin pausa, tregua ni rumbo, huyendo de la muerte mientras otros como ellos fallecen frente a sus ojos sin recibir una mínima ayuda. La influenza pareciera ser el virus de nuestro tiempo pues para combatirlo se requiere evitar cualquier contacto humano, sobre todo los besos, manifestación sublime del amor entre los humanos. En una ciudad como el DF con una tremenda crisis de agua, las medidas sanitarias recomendables por la Secretaría de Salud se convierten en un castigo bíblico. La barbarie subyace bajo la capa de civilización y de  progreso.

Epidemiólogos de la Secretaría  de Salud estudiaron los patrones de propagación de la pandemia de gripe española de 1918 y a través de un modelo matemático calcularon el impacto en México de un fenómeno viral semejante. Estiman que en un plazo de seis meses el 35 por ciento de la población estaría afectado por la influenza, con cuadros leves hasta muy graves. Habría unas 500 mil personas requiriendo hospitalización y aproximadamente 200 mil muertos, es decir, uno de cada 175 afectados.

El impacto en la economía no tardará en mostrar su efecto demoledor. Recordemos que no hace mucho, el secretario de Economía diagnosticó un catarrito en las golpeadas finanzas nacionales.

La ausencia de fe o la necesidad de recobrarla es uno de los dilemas a los que se habrá enfrentado el habitante de este país. Paradójicamente, en un mundo donde el calentamiento global está acelerando el desequilibrio en los ecosistemas y la destrucción de las especies, la epidemia de influenza podría verse como una respuesta de la Naturaleza a la sobrepoblación del planeta y al agotamiento de su capacidad de proveernos de servicios gratuitos a los que estamos acostumbrados, como depurar el aire y el agua, tierras fértiles, reciclamiento de desperdicios, protección a las cosechas de las plagas, nutrir el suelo, etc.

La crisis definitiva del hombre contra la Naturaleza estalló ya y no hay marcha atrás. Nadie puede predecir con exactitud cuánto vivirá ni cómo, pues estamos inmersos en una ruleta rusa de imponderables ecológicos, sanitarios y financieros.  Sin embargo, la epidemia de influenza en Mexico hasta hoy parece un problema menor pues el número de muertos es mucho menor comparado con el provocado por el tabaquismo, el alcoholismo, la diabetes melitus o los accidentes automovilísticos. Al menos en la ciudad de México, muere más gente al año atropellada que por cualquier enfermedad. Todo esto sin contar las bajas de la guerra contra el narco.

Pese a lo anterior, lo que podremos ver a futuro, sin duda, es a selectos grupos de gente acaudalada amurallada en sus propiedades, lejos de la chusma que propaga pestes y enfermedades. Pero también los veremos presidiendo a control remoto, funerales masivos de la horda empobrecida y víctima del hambre, la violencia y todo tipo de epidemias. Nuestros códigos de comportamiento están cambiando a ritmo vertiginoso. El amor y la solidaridad están a punto de convertirse en un doloroso sacrificio a riesgo de morir contagiado. Será parte del nuevo ritual que rodea a la muerte. Lo que quede de esa agónica institución llamada Familia, será responsable de organizar los nuevos cultos funerarios en un inútil afán de preservar tradiciones obsoletas, y debido a las epidemias, peligrosas.

Obligados como estamos a permanecer en casa el mayor tiempo posible, es una oportunidad de leer  La fiebre escarlata, de Jack London, y La peste, de Albert Camus.

La humanidad según ambas ficciones, se regenerará a partir de unos pocos sobrevivientes, pero sólo para engendrar las condiciones que la llevarán a un nuevo Apocalipsis.

 

 




viernes, febrero 13, 2009

Vértigo


(Publicado en la revista Día Siete 442. Febrero 2009)

No suelo irme a la cama temprano. Pero aquella noche no pude evitarlo. A una hora que identifica el habitual rondín por la calle donde vivo, de un vendedor en triciclo que anuncia su llegada por un altavoz ofreciendo tamales oaxaqueños con una grabación zumbante y chillona. Asimismo desaparece como alma en pena por la falta de compradores. Me hace pensar en un hombre mosca engendrado por el siniestro dueño de la franquicia ambulante, que explota “remasterizadas” por toda la ciudad, la leyenda de La Llorona y una película clásica de ciencia ficción.
Me sentía agotado luego de varias jornadas despierto hasta casi el amanecer y al instante me quedé dormido. Durante la madrugada me paré al baño y sorprendí a mi mujer mirando por la ventana abierta de la estancia a oscuras. Parecía una presencia sobrenatural, semidesnuda y esbelta, indecisa de saltar a la calle. La corriente de aire me provocó una placentera sensación de abandono. Desde mi posición a la entrada del dormitorio, la silueta al otro extremo me daba la espalda ajena a mi presencia; las dimensiones del espacio se desvanecían como si flotáramos en la nada, solitarios e indefensos, impulsados por las exhalaciones de los vehículos y los peatones que a intervalos cruzaban bajo la ventana.
No sentí deseos de llamar a mi mujer ni curiosidad por lo que ocurría afuera. Es la misma ciudad de siempre, turbia y estúpidamente violenta, me dije y volví a recostarme con la sola intención de dormir otro poco. Sonreí por mi descortesía pues ni siquiera hice el intento de preguntarle si se le ofrecía algo.
Cargo con la obsesión de escapar a mis dudas sobre lo que soy, sobre lo que durante una buena parte de mi vida adulta me esforcé en construir como identidad para que los demás la habitaran confiados, sin sentirme temeroso de las consecuencias. Resiento la neurosis de esta ciudad y la marejada de información que me rodea. Amigos y familia no dejan de mantenerme al tanto de lo que consideran útil a mi actividad como escritor. Por más que intento evadirme, lo único que consigo es atraer más y más noticias inútiles sobre todas las variantes de la necrofilia. Habito una cotidianidad exasperante que ha convertido a la muerte en una aburrida intrusa que nos impide a muchos alcanzar el bienestar. Estamos condicionados a la subordinación de una era de prohibiciones. A riesgo de vivir como un forajido debo aceptar sin reniegos hipocrecías encubiertas bajo buenas intenciones cívicas. La última vez que llamé manco a un manco que bebía cerveza en una cantina, los amigos con los que yo compartía una mesa, bajaron la vista y se hizo un prolongado silencio cuando comenté lo difícil que le sería al sujeto subirse los pantalones después de ir al baño.
Ciertos adjetivos y verdades resultan demasiado agresivos para una convivencia social exhausta por tantos especialistas al vapor del deber ser. Sin embargo, gracias a que en este país no significa nada cumplir la ley o acatar las normas, hay mil maneras de evitar el tedio. No celebro la impunidad pero creo que recurrimos a cualquier medio disponible para proveernos de excitación y riesgos que sacudan la monotonía a la que parecen condenarnos tantas generaciones de crisis y frustración. Es una manera de sobrevivir, pues la fe y la esperanza como dogmas no llevan a ningún lado.
Quizá sea el vértigo del vacío lo que interrumpe mi sueño, una resistencia a perder mi identidad como individuo.
Como tantas otras noches iguales, no sentí en qué momento mi mujer volvía a ocupar su lugar en la cama.

La Navidad como Prozac

(Publicado en la revista Día Siete no. 435. Diciembre 2008)

Pareciera inevitable ponerse sentimental para escribir sobre la Navidad. Su sola evocación se impregna de esperanza y generosidad. Navidad es siempre una oportunidad para recordar dónde quedaron arrumbados nuestros buenos propósitos de todos los años. Después de todo, los recuerdos felices son como pirotecnia que se apaga bajo la oscuridad del presente.
Mientras escribo este texto lucho conmigo mismo para no aparecer ante el lector como el típico aguafiestas. Sin embargo, basta con asomarme a la calle para sentirme horrorizado ante el panorama que tengo más allá de mi ventana. El abandono, la suciedad, la indiferencia y el caos a la vista carcomen mis reflexiones sobre lo que debería de ser un tema si no gozoso, por lo menos alentador.
A excepción de nuestros gobernantes y de Televisa a nadie le queda duda de que vivimos una paranoia justificada por tiempos siniestros. Mi barrio al igual que muchas otras zonas de la ciudad y del país, sufre los estragos de lo que pareciera la cruda de larga temporada navideña donde una horda de eufóricos celebrantes saquearon la tranquilidad del vecindario dejando como registro de su paso, la inútil presencia de policías federales y vallas de acero apiladas como chatarra en los accesos principales a las oficinas de la secretaría de Gobernación.
¿Qué motivos podríamos tener para celebrar el nacimiento de Cristo en un país cuya población vive en continua angustia por la falta de empleos, seguridad, salarios dignos y por niveles de vida para una mayoría que se antojan más cercanos al siglo XIX? En su clásico relato Canción de Navidad, Charles Dickens propone a la mayoría de los problemas que asolan a los hombres un cambio de actitud hacia sus semejantes. Ser más generosos y sensibles a los padecimientos de los demás pareciera una idea cursi por no decir ingenua, en una época carcomida por la mezquindad y el egoísmo. Dickens logró con este relato darle a las fiestas decembrinas en casi todo el mundo un aire de diversión, de alegría, de unión en familia, de relaciones humanas cordiales, de encuentros de amistad, de regalos, saludos y deseos de prosperidad y de paz. Como todo artista sensible a los padecimientos mortales, proclamó a través de su melodramática historia una actitud ante la vida y ante los hombres que los lleve a practicar la benevolencia, sobre todo con los más necesitados.
La belleza de este ideal resiste a nuestras pesadillas cotidianas donde intentamos por todos los medios definir qué nos amedrenta más allá de la saturación mediática de calamidades y problemas globales. Y sin embargo, entre tanto desasosiego se nos impide refugiarnos en la melancolía.
En el prólogo a la Navidad en las Montañas, de Ignacio Manuel Altamirano, José Vasconcelos dice que este sigue siendo un país que ambiciona conquistar verdades esenciales. Esta afirmación parece expresada el día de ayer. Será un duro reto para los historiadores del futuro definir si el período que estamos viviendo en México es sólo de zozobra y temor. En un país dividido por la violencia y el encono partidista, celebrar la Navidad bajo los preceptos cristianos esenciales de amor y desprendimiento material, es un acto de voluntad colectiva que puede contribuir a reemplazar la indignación que nos aqueja. En su relato Altamirano advierte el propósito constructivo que hermana a un soldado de la Reforma con un cura de aldea fiel a su doctrina. Ambos se encuentran en las afueras de una aldea remota en el corazón de la sierra. Dialogan como compañeros de viaje. En la aldea los habitantes preparan el festejo decembrino. Todos son pobres, pero limpios de cuerpo y alma. El cura participa de la pobreza general y predica con el ejemplo: “Debo procurar el bien de mis semejantes por todos los medios honrados; a ese fin debo invocar la religión de Jesús como causa, para tener la civilización y la virtud como resultado preciso: el Evangelio no sólo es la Buena Nueva bajo el sentido de la conciencia religiosa y moral, sino también desde el punto de vista del bienestar social”.
En Contra la felicidad, Eric G. Wilson plantea que el mundo occidental desea “con el más disoluto y lascivo de los ánimos, librar al mundo de muchas ideas y visiones, de múltiples innovaciones y reflexiones. Estamos, en este preciso momento (…..) aniquilando la melancolía”.
¿Por qué debemos creer que la Navidad tiene el imperioso deber de expurgar, así sea momentáneamente, la tristeza de nuestras vidas? Esa fastidiosa compulsión por la felicidad identificada con el consumo, el altruismo empresarial tipo Teletón y el optimismo sin fundamentos del gobierno pretende ocultar la feroz lucha contra la depresión en que se encuentran sumidos millones de mexicanos. Promover como ideal la felicidad absoluta que reniega de las desgracias propias o ajenas, o que las evangeliza, es fabricar una cultura del miedo.
Estoy convencido, por propia experiencia, que pocos sentimientos son tan liberadores como la aflicción que sigue a la pérdida del objeto amoroso. Es lo más sincero al vacío existencial y a las duras experiencias de todos los días. Cada Navidad recuerdo a mis muertos y celebro que ya no estén conmigo en cuerpo presente. De este modo he podido explorar en lo profundo de mí mismo, reconocer mis limitaciones y miedos y partir de ambos, ser creativo aceptando mi crónica ciclotimia. Sé de dónde vienen mis estados depresivos y mi temperamento bilioso. Por lo menos así he evitado en lo posible, parafraseando a G. Wilson, una vida a medias, una existencia anodina como la de una oveja que descubre el sentido de su vida al momento de estar en el desolladero.
Advierto que esto no es mi intención que el lector comparta mis puntos de vista, sólo deseo que, tomando como pretexto la Navidad, reflexione sobre esa felicidad blandengue, chapucera e insulsa que llena los bolsillos de los comerciantes y prolonga la jetatura de los políticos inescrupulosos.
Hace unos días Oscar de la Renta declaró, con motivo de la actual recesión mundial, que “el lujo no está en crisis”. Sabemos que no se dirige a la gente común. El lujo es el Prozac de los privilegiados, la manifestación extrema de una depresión incurable a pesar del fasto.
Quizá la Navidad debería ser una invitación a reencontrarnos con la terrible belleza de la desdicha humana, una oportunidad para reflexionar sobre la esencia, en su momento proscrita, de una prédica religiosa a favor del amor al prójimo.

domingo, agosto 24, 2008

El centenario de El Talón de Hierro

Los especialistas en la obra de Jack London coinciden en que el legendario escritor norteamericano alcanzó la cima literaria con El Talón de Hierro, publicada en 1908. Esta afirmación parece olvidar que años atrás Colmillo blanco, El llamado de la selva y Amor a la vida ya le habían otorgado a London el reconocimiento de la crítica, una celebridad internacional gracias a sus miles de lectores e ingresos millonarios por ser el autor mejor pagado de su tiempo. Aún así, El Talón de Hierro, su obra más ambiciosa y con una sorprendente visión profética que alcanza a nuestros días, se mantiene oculta para el gran público.
El Talón de Hierro forma parte del cuarteto de novelas clásicas de ciencia ficción que vaticinan el peligro de los regímenes totalitarios: We de Eugen Zamiatin, (1920); Brave New World de Aldous Huxley, (1932) y 1984, de George Orwell, publicada en 1949. La novela de London supera a las otras tres no sólo por su profundidad visionaria y haberse publicado primero, sino por describir con precisión y sin alegorías el advenimiento posterior a la Posguerra, de las dictaduras cómplices de los grandes corporativos que oprimen y controlan el destino de millones de personas en todo el mundo.
En su centenario, El Talón de Hierro se inserta perfectamente como una fábula sobre las desigualdades, la masificación de las conductas y los horrores del mundo globalizado. Además, London se erige como un autor incómodo para la corrección política, pues tal y como lo planteó a lo largo de toda su obra, cuestiona la supuesta armonía que debería regir al hombre con la naturaleza, que aparece siempre como un monstruo hostil e implacable.

La trama
Desde un hipotético futuro ubicado siete siglos después, aparece un manuscrito inconcluso escrito en primera persona por Avis Everhard, quien narra la vida de su esposo Ernest, un líder revolucionario que durante las primeras décadas del siglo XX dirige una decisiva rebelión obrera contra El Talón de Hierro, un poder económico y político omnisciente. Uno de los postulados de Ernest es que “el juego de los negocios consiste en ganar dinero en detrimento de los demás, y en impedir que los otros lo ganen a expensas suyas”. La rebelión convertida en una guerra de guerrillas fracasa por una represión brutal que aniquila las libertades “democráticas” y restituye la esclavitud.
Contada en progresión lineal la novela se divide en dos subtramas. La primera parece una historia de amor futurista que expone la personalidad e ideas revolucionarias del héroe, su relación con Avis y la toma de conciencia de ésta que la lleva a cuestionar a la burguesía opulenta a la que pertenece. Ernest Everhard no para de advertir la omnipresencia de los monopolios, la acumulación de riqueza en unos cuantos y la consecuente miseria para la mayoría de la población. La segunda parte, donde se aprecia al London de la aventura y el vértigo narrativo, desarrolla la rebelión obrera y su previsible fracaso por la represión de la oligarquía a través de su ejército llamado “Los Mercenarios”, y la falta de unidad de lo que José Revueltas definió como “el proletariado sin cabeza”.

El escritor aventurero
John Grifith London, mejor conocido para la posteridad como Jack London, nació en San Francisco en 1876. Pese a que durante su corta vida (se suicidó en 1916, a los cuarenta años, con una sobredosis de morfina) fue un socialista militante, estaba convencido de la imposibilidad de llevar a la práctica sus ideales libertarios.
La infancia y adolescencia de London estuvieron marcadas por la pobreza y alcoholismo precoz ligado a su vagabundeo delincuencial en los puertos de Oakland y San Francisco, y junto a miles de desempleados que marcharon desde California a Washington reclamando trabajo.
London aseguraba que había aprendido a narrar escuchando las historias de los vagabundos con los que compartió alcohol de papa alrededor de una fogata. A diferencia de los escritores de novelas futuristas ya mencionados, provenientes de una clase media educada y liberal, aquél era un autodidacta de extracción obrera, lo cual le otorgó un compromiso social sin especulaciones teóricas ni romanticismo. En agosto de 1897, pocos meses después de las primeras noticias del descubrimiento de yacimientos de oro en el Klondike, London, como miles de desesperados más, se embarca para Alaska poseído por la fiebre de riqueza inmediata. Luego de largos meses de aislamiento invernal en una cabaña, acepta el fracaso de su aventura. Emprende el retorno de dos mil millas río abajo en una balsa durante el deshielo de primavera. La delirante experiencia despierta súbitamente su vocación de escritor y London inicia, con la misma tenacidad, el vertiginoso trayecto que lo convertiría en poco tiempo, en un inmortal de la literatura.
El bienestar masivo es una ilusión, por ello El Talón de Hierro es la expresión más enérgica con que London reafirma su militancia política en favor de los oprimidos. Auguró la concentración del capital financiero, la partidocracia y su tendencia hacia el Estado policial, las convulsiones del movimiento obrero con sus mezquindades, estrechez de miras, traiciones y derrotas.
Desde niño London fue un voraz lector y durante su adolescencia se educó por su cuenta en la biblioteca pública de Oakland, rasgo distintivo de otros escritores californianos posteriores como John Fante, Charles Bukowski y James Ellroy, inspirados por el autor de Martin Eden.
Lo que impulsó a London a escribir cincuenta libros fue un insaciable deseo de éxito con todos sus beneficios. Para él era evidente que la actitud existencial, la capacidad de analizar la relación de sus personajes con la vida y su entorno era una exigencia para un autor que pretendiera ser tomado en serio. Pero también demostró que puede ser cierto que nada frustra tanto al hombre como el éxito. El alcoholismo lo envenenó como una maldición que compartieron otros relevantes escritores estadounidenses: Ring Lardner, Fitzgerald, Hemingway y Faulkner.
London poseía el don de describir incidentes aislados y brutales. El mundo es un lugar de sufrimientos donde se lucha contra el destino. London se confesó como un pesimista no obstante su éxito y enorme fortuna. Desconfiaba de la humanidad y de su progreso científico y tecnológico. Los editores no quedaron fuera de este juicio: “no están interesados en la verdad. Es mejor darles lo que quieren pues el escritor sabe que las cosas en las que cree y ama escribir nunca serán compradas”.
El Talón de Hierro predijo el terror y el peligro que hoy enfrentan millones de seres humanos en situaciones límite por el caos prefabricado y controlado por los grandes capitales financieros. No es poca cosa para un autor que defendió el derecho inalienable del hombre de anticipar su muerte.