sábado, diciembre 19, 2009

Periodismo policiaco retro, revisitando a los Populibros la Prensa

(publicado en el suplemento cultural Laberinto de Milenio el sábado 12 de diciembre de 2009)

Durante mi infancia a principios de la década de 1970, solía leer unos gastados libros de bolsillo que narraban historias reales de crímenes ocurridos en la ciudad de México y melodramas desde la prisión de Lecumberri. Estas ediciones con portadas tan estridentes como feas, además de ayudarme a mejorar mis habilidades de lectura, con el paso del tiempo resultaron algo así como una Guía roji de algunas de las colonias donde crecí.
En el México posterior a la Revolución, la violencia social tomó un nuevo cause ligado a la experiencia urbana moderna. De ese entonces a la fecha la proliferación de publicaciones periódicas especializadas en “nota roja” parece encontrar su nicho en alguna peculiaridad cultural que hace de los mexicanos insaciables consumidores de tragedias y sensacionalismo. La dependencia entre industria y mercado produce toneladas de basura impresa. Pese a ello, no existen escisiones irreconciliables entre calidad y popularidad, entre literatura y periodismo. Todo lo contrario.
En estos tiempos donde proliferan los festejos a “los héroes que nos dieron patria”, se hace evidente el autoengaño y las mentiras en las que está cimentado el fervor nacionalista que hace de cada 15 de septiembre, una bacanal de desmemoria colectiva. Si hurgáramos con atención en los libros de historia (me refiero sobre todo a los de enseñanza básica, donde ahora somos descendientes de una generación espontánea, sin nexos con el Virreinato) encontraríamos tomos completos de picaresca, rufianería y perversiones como para acomplejar a Goyo Cárdenas, Higinio "el Pelón" Sobera del Flor o a Juana Barraza la “Mataviejitas”. Sin embargo, a diferencia de muchos de nuestros próceres, éstos criminales resultan más cercanos y "accesibles", humanos, por decirlo así; se parecen a ti o a mí, a tu suegra, la novia, al vecino metiche y lujurioso, al noviecito modelo o a la diva de la televisión que un día es orgullo nacional y al siguiente ingresa al reclusorio acusada de proxenetismo. Sus delitos pasan a formar parte del almanaque nacional de los horrores y no es extraño que gocen de una escalofriante simpatía popular que los vuelve legendarios. En una realidad agobiada por el crimen, la impunidad y la indignación, no es difícil que el grueso de la población tenga un nexo, contubernio o afinidad, así sea lejanos, con un infractor de la ley. Las lúgubres semblanzas periodísticas de pícaros urbanos, reflejan las angustias y miedos ligados a las desigualdades sociales y la impartición de justicia.

Mi pasado me condena
Para nadie es desconocida la pasarela punitiva donde el dedo acusador del espectáculo noticioso elige culpables a nombre de la turba ávida de entretenimiento bajo la ley del talión. Los empresarios de este tribunal mediático se regodean en sus infinitas variantes para amasar fortunas.
Una serie de libros de bolsillo se ha convertido a fuerza de permanencia en los puestos de periódicos, en clásicos de literatura popular: Populibros la Prensa con su colección Reportaje: Crímenes espeluznantes, En la senda del crimen, La mansión del delito, Los huéspedes de la gayola, El Capitán Fantasma, Gendarmes y guaruras ¿Jueces o verdugos?, Esta serie de crónicas y reportajes policiacos todos ellos firmados por David García Salinas, son un testimonio sobre el melodrama de la modernidad de un pueblo heredero de rituales sangrientos.
La práctica de un hecho delictivo tiene múltiples variantes, buen número de ellas se destacan por su ingenio, meticulosidad, sangre fría, precisión e incluso humorismo involuntario exaltado por el estilo entre gazmoño y socarrón del redactor. La habilidad para burlar la ley y sesgar vidas siempre será exaltada por una sociedad que aun sin aceptarlo abiertamente, antepone al horror de la barbarie su admiración y respeto por quien lleva hasta las últimas consecuencias sus patologías, "el héroe" cuya inteligencia y osadía reta al tejido social. La impunidad asentada como uso y costumbre tiene una influencia fundamental para que el transgresor radical aspire en algún momento a la simpatía del pueblo “bueno” o malo, da igual, del mismo siniestro modo.
La colección Reportaje de Populibros la Prensa es un recuento más o menos arbitrario de delincuentes y policías mexicanos célebres durante buena parte del siglo XX. A través del oficio narrativo de David García Salinas, varias generaciones de lectores nos deleitamos mórbidamente con las historias criminales que exhibieron (sin proponérselo) las corruptelas, incompetencia y doble moral de las autoridades, así como de una sociedad ávida de jueces y verdugos entre los vericuetos kafkianos del aparato judicial mexicano. El secuestro del niño Bohigas, los crímenes de Pancho Valentino el “matacuras”, el caso Villar Lledías y muchos otros son recreados con lujo de detalles y melodramatismo que bien valen la pena una relectura.

Otros huéspedes de la gayola
Sin dejar de lado que la llamada (peyorativamente) “nota roja” casi siempre funciona como medio propagandístico de los excesos morales y valida la ley y sus procedimientos, que en las publicaciones más grotescas se hace labor de santo oficio que condena con el rigor de tirajes monstruosos y a todo color al "chacal sin sentimientos" y a "la güila descarada", los Populibros referidos tienen un valor testimonial incuestionable. En muchos sentidos y como lo demuestra lo mejor del periodismo policiaco mexicano que incluye al genial fotógrafo Enrique Metinides, la capital del país desde el porfiriato hasta nuestros días, ha sido narrada brillantemente por los mejores exponentes de este género proscrito y soslayado, más que en cualquier otra narrativa.
En una nación donde gobierna la tragedia, lectores y editores establecen una relación de dependencia con el crimen, que de estar bajo control volvería insignificantes los tirajes de publicaciones como El Nuevo Alarma!, por ejemplo, o en un contexto de nivel educativo nacional mayor al cuarto grado de primaria, selectivos. La aceptación de las publicaciones sensacionalistas tienen relación directa con la impunidad y la criminalidad, más allá de las estadísticas y los análisis que demuestran que México no es más violento que otros países con altos índices de homicidios. Esto de cualquier modo no contribuye a que la calidad de las publicaciones especializadas en la tragedia del hombre de la calle, esté a la altura de la sofisticación y variantes que alcanza en nuestros días la violencia en México.
Sin duda, la literatura y el cine mitifican personajes e historias donde la subversión de la ley y el orden se convierte en exaltación y justicia poética contra la representación del Poder. Es como en una pelea de box donde el público simpatiza con el contendiente que tiene en contra las apuestas.
Como bien afirma José Ramón Garmabella en su ensayo publicado en la edición obituaria del tabloide A Sangre Fría (Producciones el salario del Miedo/ Almadía 2008) “no se puede escribir la historia de una ciudad, y la de México no es la excepción, si antes no se dedica al menos un capítulo extenso a su historia crinminológica.”
En esta narrativa distópica el lado oscuro de nuestras sociedades se ennoblece, diría Foucault, de asesinos y rufianes: monarcas de la sordidez. Su multitudinaria corte les rinde pleitesía en los kioscos de periódicos.

El emporio de la “mordida”


Es el título de uno de los capítulos de Los huéspedes de la gayola, uno de los tomos más logrados de la colección Reportaje de los Populibros. David García Salinas, egresado de la escuela de periodismo Carlos Septién, fue durante la década de 1970 en que salió a la venta esta colección, uno de los reporteros estelares de La Prensa, “el periódico que dice lo que otros callan”. Así se expresa José Revueltas del en aquél entonces joven periodista en una de las contraportadas: “nos transporta al pasado haciéndonos saborear verdaderas historias criminales, que conmovieron hondamente a nuestros padres y a nosotros mismos. El joven escritor utiliza una prosa sencilla, desprovista de artificios, que hace digerible la lectura.”
Una valoración desprejuiciada de esta colección le haría mucho bien a cierta clase de lectores y literatos que de inmediato levantan la ceja (como esos cinéfilos que públicamente no se atreven a confesar su gusto por las películas porno, a menos que sean consideradas “de culto”) ante este tipo de narrativa. No hay otra pretensión que la de entretener con textos de calidad y hacer dinero con ediciones económicas, noble finalidad que cualquier editorial debería de tomar como una de sus premisas. Las crónicas de García Salinas exhiben con escalofriante visión de oráculo un México infestado de violencia, de modernidad vestida de mariachi, de democracia sin demócratas y de desarrollo invisible a millones de habitantes.

No niego mi pasado
En el tema que nos ocupa sigue siendo válido el término “nota roja”, pese a las objeciones de los investigadores en temas de seguridad y justicia, que lo consideran anacrónico y ofensivo para los reporteros especializados; pues a mi modo de ver se refiere a un producto cultural de consumo masivo, ya que a eso se refiere: a un término de fácil identificación para un producto cultural de consumo masivo y lenguaje vernáculo, fácilmente comercializable, ya que esa es su esencia.
El hecho es que el periodismo policiaco en México vive una revaloración. Ciertos espacios, en revistas sobre todo, permiten que las historias sean cada vez menos enumerativas, inconexas y banales. No es casual el interés reciente que suscitan las antologías y libros de reportaje sobre el tema, sin considerar aquellos que atienden la guerra contra el “Narco”. Toda proporción guardada, los Populibros y sus historias delictivas que datan desde 1929, dan seguimiento al Libro rojo de Payno y Riva Palacio y anteceden a la continuación de este mismo título actualizado en tres voluminosos tomos por el Fondo de Cultura Económica a partir de 2008.

El hombre no es malo por naturaleza pero como disfruta mantenerse en estado salvaje. La “nota roja” refleja a una sociedad como la mexicana siempre urgida de desenmarañar los mecanismos del aparato de poder, de descubrir sus fisuras que lo vuelven más “humano”; es, nos guste o no, una manifestación de la lucha de clases y una oportunidad de confirmar sospechas sobre quienes propician que la tragedia y la muerte estén presentes en la vida de la mayoría de la población como un hecho cotidiano; es del mismo modo, válvula de escape en una era de caos global donde los excesos y horrores cotidianos reactivan la creencia en mitos, el fanatismo y la predestinación a las fatalidades.
Lo interesante no es destacar el crimen en sí mismo, pues no existiría espacio alguno capaz de detallarlo, sino destacar a aquellos que como en todo espectáculo meten dinero a la taquilla.
Las continuas reediciones de la colección Reportaje de Populibros La Prensa hablan por sí mismas de su vigencia y de cómo el periodismo de calidad puede ser accesible para cualquiera. El mérito sin duda, es de David García Salinas, "cronista de las cárceles de México" y leyenda del periodismo policiaco mexicano, quien fiel a esta tradición de literatura picaresca, narra las andanzas de los huéspedes distinguidos de la prisión de Lecumberri así como los homicidios y plagios perpetrados en la capital del país en un período que va de 1929, hasta 1976, fecha en que la prisión de Lecumberri dejó de funcionar como tal. Los personajes son comandantes de la policía, exmilitares, damas de sociedad, agiotistas, albañiles, faranduleros y matones a sueldo. O sea, nada que no tenga vigencia. Nombres como Jacinta “Chinta” Aznar (cuyo caso inspirara la novela de Rodolfo Usigli, Ensayo de un crimen y la película de Buñuel del mismo nombre), Luis Romero Carrasco y Trinidad Ruiz Mares “La Tamalera” se acoplan al presente mexicano con sus “crímenes espeluznantes”.
Aunque el anecdotario de la colección Reportaje de los Populibros La Prensa a veces parece remembranza de cantina, como testimonio periodístico tiene un valor indiscutible. La colección cubre lo que sería "la época de oro" de la crónica policiaca. Todas las historias aparecieron originalmente por entregas (en la tradición misma de la novela de folletín decimonónica) en el periódico de la casa editorial y son casi siempre divertidas gracias a las “reflexiones” y conclusiones pías del propio “transcriptor”, que en repetidas ocasiones escoge como recurso narrativo dar voz a los supuestos protagonistas.


Estas crónicas han pasado a formar parte de la épica popular y no es raro aun hoy escuchar sus variantes en cantinas, taxis y en boca de aquellos que ya encanecidos y con un colmillo retorcido por los años de resistencia a los imponderables de la existencia, dan su punto de vista de la situación del país e incluso del cine nacional a partir de la remembranza de estas historias (por cierto, con tanto homenaje no estaría de más reeditar esta colección y un reconocimiento a periodistas como José Ramón Garmabella y David García Salinas, aún vivos). Así reza en el prólogo de En la Senda del crimen, refiriéndose al autor: “…ha tenido y cuida de tener siempre en sus escritos, el escrúpulo de realizarlos apegándose estrictamente en la verdad de los hechos, extraída sin malicia, sin aviesa intención (…) para evitar, en lo posible, que sus narraciones pudieran ser tomadas como inspiración o como libro de ‘texto’ para el crimen, o para delitos de cualquier categoría”.
Sin embargo, los Populibros inmortalizan al criminal, el crimen, los escenarios donde transcurre y donde se paga (por increíble que esto parezca) la “deuda con la sociedad". Pero sobre todo exploran los bajos fondos de una ciudad no sin cierta mirada nostálgica en deuda con el cine de Ismael Rodríguez y de Buñuel. Del mismo modo anticipan la fascinación actual de jóvenes documentalistas como Everardo González, realizador de La Canción del pulque y Los ladrones viejos.
Talento, convicción y sangre fría subyacen en el relato como elementos no exclusivos de instituciones o individuos que actúan dentro de los marcos de lo permisible, todo es cuestión de enfoques de acuerdo a la moral de quien detenta un poder.
Los comentarios en la contraportada de los Populibros incluyen a José Revueltas, Juan de la Cabada y Rodolfo Coronado, de quien disculparan mi ignorancia, pero hasta hoy no conozco ni por vida ni por obra. Gracias a ellos o a pesar de ellos, los Populibros se han convertido en clásicos de “la plebe” dentro de lo que algunos se obstinan en llamar "subliteratura".
No perdamos de vista que las publicaciones de nota roja, son en todo momento una llamada de atención, un reproche velado a las autoridades por permitir la barbarie "¡Estamos en manos de asesinos!", parecen gritar. Llevan implícito un reclamo de mayor observancia en las conductas de los ciudadanos pues se ve en ellos a criminales en potencia y hasta se llegan a sugerir prototipos anatómicos en el mejor ejemplo lombrosiano. El discurso paranoico justifica puniciones y presupuestos exorbitantes en seguridad que sólo a los intereses de la industria de la televisión y de los inútiles gobernantes nunca son suficientes.
Lo cierto es que publicaciones de historias policiacas reales forman parte de una industria de entretenimiento donde delincuentes y marginales son las estrellas principales.
Michael Foucault esclarece lo anterior:
"...una literatura en la que el crimen aparece glorificado, pero porque es una de las bellas artes, porque sólo puede ser obra de caracteres excepcionales, porque revela la monstruosidad de los fuertes y los poderosos; porque la perversidad es todavía una manera de ser privilegiado... Se trata, en apariencia, del descubrimiento de la belleza y de la grandeza del crimen, de hecho, es la afirmación de que la grandeza también tiene derecho al crimen y que llega a ser incluso el privilegio exclusivo de los realmente grandes".(Vigilar y Castigar, Ed. Siglo XXI, p.72).

5 comentarios:

El Burdelito dijo...

Vaya, de pura casualidad di con este blog y la entrada es muy buena, sobre todo porque para quienes estamos empapados en la tinta roja de los periódicos, nos resulta un importante pilar de la construcción del mexicano actual, todo lo que narra en este post. Un excelente manejo del lenguaje.

Erik Proaño Muciño (Frik) dijo...

Estimado Servín, notable y luminoso texto, apenas ahora lo leo y no puedo más que coincidir.

Anónimo dijo...

hola quisiera saber en donde encuentro estos libros los he buscado y nada solo encuentro lo negro del negro por favor me podrian decir de algun lugar ......................gracias

Anónimo dijo...

mi correo es roberto_alarconmerida@hotmail.com ojala me digan donde encontrar estos libros gracias

J. M. Servín dijo...

Algunos de estos títulos pueden conseguirse aún en la propia editorial La Prensa, en Reforma e Hidalgo, DF.